Lunes, 03 septiembre 2001 Año II. Edición 183 IMAGENES PORTADA
Cultura
En una balsa perpetua con un mapa de sal

Iván de la Nuez: una opción post nacional para la crítica a lo establecido
por JOAQUíN ORDOQUI GARCíA Parte 4 / 4

Creo entender que sostienes que Cuba se debate entre la nostalgia de un pasado que nunca fue y la utopía de un futuro que jamás llegará. ¿Qué hay en el medio?

Aclaro algo: yo no hablo jamás en nombre de Cuba. He hablado de un tipo de cultura cubana, bastante extendida, que se regodea en la nostalgia, que maquilla, edulcora el pasado, y que termina operando como el turismo, es decir, como una cultura de servicios que actúa y se pone en escena para una mirada extranjera. Hace poco, en Barcelona, compartí una presentación con un famoso escritor español que pedía que Cuba volviera a ser un país "normal", como lo era antes del 59. A mí eso no me interesa. Entre otras cosas, porque todo regreso se enfrenta al dilema de Ulises: no encontraremos nada que se parezca a lo abandonado o lo perdido. Es lo que me pasa con el ensueño que parece producir hoy la República. Por favor, ¿es que se puede olvidar que esa República estuvo construida también con buenas dosis de tortura y represión? En cuanto al futuro, para los que nacimos y crecimos con la Revolución, el porvenir prometido no va a llegar; y el otro, el inesperado, ya está aquí. Ya llegó, sólo que nos ha cogido entretenidos. Ese es el "medio" que a mí me interesar pensar: el que está entre el futuro prometido y el futuro real que constituye nuestro presente. Y, como es de esperar, me interesa hacerlo de manera crítica.

Hasta ahora, las naciones tienen una fuerte tendencia a comportarse como tribus o, para ser más contemporáneos, como clubes de fútbol. ¿Crees que hay otra forma de relacionarse con lo nacional o piensas que todo intento de establecer una tradición es, por sí mismo, un anhelo exclusivo y excluyente?

Una tradición no la establece quien quiere, sino quien puede. ¿Quién puede fundar hoy una tradición? No estoy seguro de que eso me importe mucho, pero sí lo estoy de que no conozco ningún proyecto para el futuro cubano que no gire alrededor de algún tipo de poder excluyente (sea en nombre del Estado, el Mercado, incluso la Iglesia). Por otra parte, yo entiendo la tradición como transmisión, pero no como transmisión de esencias invariables sino de actitudes, de conductas. A mí me interesan aspectos de la tradición que manipulo para vivir ahora, otros no me sirven, otros son funestos, otros son un enigma que no he podido resolver. Es, por ejemplo, lo que me sucede con Martí. Hay mucha gente que escribe sobre él y no hay duda de que es un puerto obligado por el que pasar. A mí, en cambio, me resulta un personaje que nunca he podido cifrar, que se me escapa y sobre el que no he tenido la capacidad de escribir. Por último, cada vez que oigo hablar en nombre de la libertad de Cuba me entran bostezos. Por supuesto que prefiero la democracia –algo que defendí desde que vivía en la Isla–, pero es importante que se califique esa democracia. Yo sueño, para Cuba, no la democracia que ahora tenemos en Occidente, sino la democracia posible que me planteo en el mundo en que vivo. Ya que llegaremos tarde, que sea para mejor y no para construir una caricatura de democracia. Una democracia que salga de abajo, que no considere esencial o hereditaria la pobreza, que permita la libre unión entre las personas que sean en el número y género que sea, que persista en una enseñanza laica, que no deposite en el mercado la verdad última de la convivencia humana, que elimine la pena de muerte, que retome el criterio inicial de la democracia como un poder del pueblo, que sitúe el sistema de decisiones en la línea directa de la participación ciudadana y no en las manos de la representación demagógica. En fin... Para esto, aquellos que se denominan pensadores, han de asumir una crítica profunda del liberalismo, tal y como lo estamos viviendo, pero no creo que esté demasiado acompañado en esa tarea. Yo provengo de un pensamiento radical que comenzó a "desviarse" de Gramsci a Foucault. Ahora me interesan filósofos como Peter Sloterdijk y Giorgio Agamben, los efectos de la cultura electrónica, las formas de vida que el arte y la cultura puedan proporcionar más allá de las políticas al uso, las políticas menores que permiten todavía algún tipo de radicalidad en lo vital y lo moral. Y también de compartir formas de convivencia humana que desbordan lo nacional. No se trata sólo del individualismo, sino de formas que no pasan por la nación, a veces son locales, otras veces son urbanas, generalmente son electivas. Eso sí, prefiero que sobren las banderas, los himnos y el compromiso de matar o morir por causas políticas.

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