Lunes, 03 septiembre 2001 Año II. Edición 183 IMAGENES PORTADA
Cultura
En una balsa perpetua con un mapa de sal

Iván de la Nuez: una opción post nacional para la crítica a lo establecido
por JOAQUíN ORDOQUI GARCíA Parte 3 / 4

Volviendo al eterno tema de la identidad nacional, los países de América se han visto obligados a hacer en 100 o 200 años lo que a los europeos les ha llevado dos milenios. ¿Cómo ves el resultado de esa "cultura impaciente", que diría Borges?

Cuba es un país con un rango histórico relativamente distinto a otros países latinoamericanos, y esto es algo en lo que tienen razón algunos de los que persisten en los discursos fuertes o "suaves" de identidad nacional, desde Cintio Vitier hasta Rafael Rojas. En muchos de estos países, la llamada cultura nacional se construyó después del Estado –lo que implica lo ficticio de esas identidades y las redes políticas que están en sus propias raíces. La formación de la cultura cubana, en cambio, se fraguó antes del Estado nacional, lo cual puede indicar el estatuto ficticio de ese Estado con respecto a su cultura, aunque algunas de sus agencias hayan sido muy represivas en distintas épocas y bajo distintos signos ideológicos. Además, cómo negarlo, está el hecho de la Revolución. Foucault decía que si la política moderna ha existido es porque existe la revolución. De modo que –dentro de una serie de asuntos comunes– la excepcionalidad de su proceso histórico ha matizado, para bien y para mal, una diferencia importante de Cuba con el resto de los países latinoamericanos. En cuanto al resultado de esta "cultura impaciente" a la que aludes, la veo como miraría a alguien que tiene eyaculación precoz. Todos podemos llegar a estar contaminados de una alta pasión, pero no nos gustaría incurrir en este delicado problema de técnica erótica. Entre otras cosas, porque estaríamos haciendo énfasis en la explosión y no en el proceso de la pasión, que requiere de esa zona fría donde poder disfrutarla, de esa distancia que no te implica del todo y te permite contemplar tu propia pasión, de esa exploración de los límites que bordean el estallido. Por lo general, los pueblos latinoamericanos se han colocado en esa zona caliente donde se producen los estallidos (abundan entre ellos los golpes de Estado y las revoluciones). Por otra parte, no todo lo explica la historia, ni toda la historia es la que se pierde en la larga e imperecedera noche de los tiempos. Baste recordar que, desde la Escuela de los Anales hasta fechas más recientes, ya ha alcanzado cierta dignidad la historia de lo cotidiano y de las costumbres; Foucault hizo un gran aporte a las discontinuidades. Recientemente, Timothy Garton Ash ha hablado de la historia del presente. ¿Alguien ha reparado en la intensidad histórica que está viviendo la humanidad en sólo una década posterior a la caída del Muro de Berlín? Pensemos en la ex Yugoslavia. Es cierto que serbios, bosnios, macedonios y croatas fueron distintos en el largo tiempo histórico de los siglos. Pero, ¿acaso no pesan los años que estuvieron juntos para pensar que allí también había algo importante que salvar, en el orden menor de las familias, las parejas, los amigos? ¿Fue la identidad nacional o los represores de los Balcanes quienes instrumentaron todo ese horror? En sus Crónicas palestinas, Edward Said ha manifestado que mientras el conflicto palestino-israelí se continúe mirando como un asunto bíblico en lugar de verlo como un problema laico y moderno, no se solucionará nada. El tema de las naciones en el siglo XXI es desde luego complejo y nuestro mundo libre no deja de actuar hipócritamente: los mismos que han aplaudido la desintegración soviética o yugoslava no permitirían lo mismo con España o el Reino Unido. Por otra parte, pensadores como Ruber de Ventos han avanzado una idea de independentismo sin nacionalismo. Mi pregunta, en todo caso, es a quién beneficia todo el debate sobre la identidad nacional. Y, en lo que respecta a las identidades impolutas y sustanciales, siempre salen beneficiados los que no quieren cambiar las cosas o aquellos que quieren cambiarlas de manera reaccionaria, por más que barnicen sus proyectos de modernidad.

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