En los próximos meses se cumplirán 127 años de que se jugó béisbol por primera vez en Cuba, sin que nadie hasta el momento se haya atribuido la paternidad de su introducción en el país. Los antecedentes se remontan a 1865 o 1866, cuando unos jóvenes que regresaron del exilio improvisaron varios juegos en lo que luego sería la ostentosa barriada de El Vedado.
Al poco tiempo y con mayor conocimiento, el 27 de diciembre de 1874, se efectuó el primer desafío organizado entre los equipos Habana BBC y Matanzas BBC en los terrenos donde hoy languidece el estadio Palmar del Junco. La práctica del béisbol se fue expandiendo por toda la isla, pero no por los contactos con la capital cubana —distante y con acceso difícil por el pésimo estado de los caminos— sino por aficionados procedentes de Estados Unidos. Por ejemplo, Juan N. Cañizares, de regreso a la patria tras estudiar en Nueva York, introdujo la pelota en Sancti Spíritus el domingo 29 de enero de 1888, cuando se efectuaron las primeras prácticas de jugadores en el terreno Libertad Baseball Club.
En suma, que el glorioso recorrido de la pelota cubana no tuvo tutor ni patriarca único, y sus inicios en la isla, casi siglo y medio atrás, fueron tan libres como la batalla de los criollos por quitarse el yugo español de encima. Rápidamente los cubanos aprendieron el béisbol y ya en 1871 estaba jugando en las Grandes Ligas norteamericanas Enrique Esteban Bellan, cuya presencia marcó el inicio de una tradición continuada a lo largo del siglo XX y hasta nuestros días. En 1961 ya sabemos que el "Pelotero en Jefe" que se eterniza en Cuba cortó de cuajo el béisbol profesional. Pero no solo eliminó la Liga Cubana invernal; poco se habla de que descuartizó también la Liga Nacional Amateur, que agrupaba a 22 equipos, eliminó la Liga de Pedro Betancourt en Matanzas, y acabó con las ligas azucareras de Las Villas, Camagüey y Oriente, en las cuales se reunían más de 60 equipos, y otros cientos de conjuntos independientes que se mantenían jugando todo el año.
De esas ligas, de esos placeres sin instructores, surgieron los verdaderos héroes de la pelota cubana, muchas veces sin los atuendos necesarios para poder desempeñarse adecuadamente encima de un terreno. Por todo eso es que resulta insólito que al clásico mutismo oficial sobre la historia del béisbol profesional en Cuba, se haya añadido una nueva variante por ciertos redactores "despistados": el cipayismo castrista.
Al mencionar ahora los éxitos de los peloteros cubanos que brillan en las Mayores, estos informados comentaristas deportivos dicen ahora —seamos exactos, les dejan decir— que los triunfos de El Duque Hernández, Liván, Arrojo y Ordóñez son gracias al desarrollo beisbolero potenciado en la era de Castro. Ignoran que Adolfo Luque ganó 27 juegos con el Cincinnati mucho antes de que el dictador naciera, y que para 1959 ya Conrado Marrero había ponchado al legendario Ted Williams, mientras que Orestes Minoso "le había sacado la lengua" al pitcher de turno antes de robarle varias veces el home.
Por los días en que el Comandante-atleta acabó con la Liga Cubana de Béisbol tratando de borrar de un plumazo 100 años de hazañas, Tony Oliva acariciaba el madero con el que ganó tres campeonatos de bateo, Tanny Pérez amoldaba su guante para sólo dejarlo después en el Hall de la Fama de Cooperstown, y Bert Campaneris calzaba los spikes con los que se estafó 649 bases, tantas como el que más en el Big Show.
A los disciplinados comentaristas que repiten las blasfemias castristas, habría que preguntarles si, en su lógica (?) deductiva, serían capaces de concluir que Juan Marchal se hizo pitcher porque existió Chapitas Trujillo, que Dennis Martínez ganó 245 juegos gracias a Anastasio Somoza o que Luis Aparicio fue tan grande en el short stop favorecido por el desgobierno de Marcos Pérez Jiménez en Venezuela.
Camilo Pascual, Miguel Cuellar, Luis Tiant lanzaron en Series Mundiales, y Ziolo Versalles, José Canseco y Rafael Palmeiro han escrito paginas gloriosas en las Mayores sin la "contribución" del arsenal castrista.
La pelota cubana no tiene dueño. Nunca lo tuvo. Los triunfos de nuestro béisbol tejen un arco gigantesco y único que se prolonga desde los días de la colonia española hasta hoy, integrado como un componente de identidad nacional tan majestuoso como las palmas y el son. Y así parece que seguirá siendo, sin dictadores mesiánicos o a pesar, muy a pesar de ellos.