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Será difícil su despegue. Inútilmente, desde 1982, los jerarcas deportivos de la Isla han pretendido que el más universal de los deportes ocupe un lugar preponderante en el concierto mundial. Pero ni a trancas.
En 1959, cuando Fidel Castro vio en el deporte un filón político para demostrar la superioridad de su régimen sobre el capitalismo, a La Habana llegaron a granel entrenadores de la antigua URSS y de los extintos países comunistas de Europa. Su misión: preparar deportistas como si fueran salchichas en serie. Lo lograron. Mientras la economía enflaquecía sus arcas, Cuba se destacaba en olimpiadas y mundiales. Y no sólo en béisbol y boxeo, deportes tradicionales, sino en algunos un tanto exóticos para el cubano, como el polo acuático y la lucha grecorromana. Por supuesto, se trató de masificar el fútbol. Las naciones de Europa del Este tenían un alto nivel futbolístico. La URSS y Hungría en la década de los 50, y Polonia en 1974, habían logrado excelentes resultados en Copas Mundiales. A camisa quitada los adiestradores procedentes del frío trataron de reavivar el fútbol, que se encontraba en estado de coma. A principios del siglo XX, luego de que oleadas de inmigrantes españoles arribaran a nuestras costas, sus descendientes retomaron la tradición y llevaron al once nacional a tomar parte en una Copa Mundial. Eso fue en el lejano 1938. El fútbol navegó a la deriva hasta los años 50 y 70, cuando preparadores húngaros se propusieron rescatarlo. Alto, fuerte y rápido, el futbolista cubano es, sin embargo, lerdo para dominar la técnica, la táctica y estrategia del juego. Se solía jugar en pastizales o en terrenos de béisbol. Los torneos nacionales invitaban al sueño, cuando 22 hombres corrían tras la blanquinegra sin el más elemental dominio técnico. Eran tipos duros intentando tocar el violín.
La esperanza holandesa y la promesa juvenil |
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