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La armada de Castro
IVáN GARCíA, La Habana Parte 1 / 2

El deporte es guerra. Simulada, claro. Dos bandos. De uno a once (el mayor número) de hombres y mujeres que se enfrentan entre sí. Bélicos son los términos usados por los cronistas: bombazos, morterazos, ráfagas, cargas al machete, duelo entre caballeros...

Desde el fútbol hasta la lucha, los juegos son una simulación de combates. El pasivo ajedrez es la imitación de una batalla en 64 casillas. Ya los emperadores romanos asistían al coliseo para ver la porfía entre gladiadores y animales. Con el dedo pulgar hacia abajo, aprobaban o no la muerte de unos u otros.

Los tiranos, sicarios y caudillos aman el deporte. De Hitler a Stalin, pasando por la dictadura argentina de Rafael Videla, que premió a la escuadra albiceleste, campeona mundial de fútbol en 1978. Fidel Castro también adora el deporte y recurre a él como moneda de cambio. Lo ha convertido en campo de batalla.

Le extasía derrotar a Estados Unidos, su principal adversario político, en el terreno deportivo. Sobre todo en béisbol y boxeo –y preferentemente en este último, donde un cubano tiene la posibilidad de aporrear sin consideración a un pérfido yanqui.

A partir de los Juegos Olímpicos de México, en 1968, los jerarcas del deporte nacional vieron en el pugilismo la representación perfecta de un combate en el que teníamos la oportunidad de demostrar que podíamos ser superiores a los americanos.

Con ese objetivo trabajaron. Exitosamente. Después que el zurdo de Juanelo, Orlando Martínez, obtuviera la medalla de oro en una Olimpiada, seguido de Emilio Correa y del mítico Teófilo Stevenson, el boxeo de la Isla empezó a campear por su respeto en el mundo.

La vitrina es amplia: varios campeonatos del orbe y torneos olímpicos. En Barcelona 92 se implantó una marca, al ganar 7 de oro.

Por supuesto, el boxeo no lo inventó la revolución cubana. Según Wilfredo Cancio en un artículo publicado en el número 15 de la revista Encuentro, en 1910 un chileno llamado John Budinich arribó a La Habana ofreciendo sus servicios como instructor de pugilismo y él mismo subió al entramado un par de veces para promocionar el boxeo, aunque bajó noqueado.

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