Viernes, 18 enero 2002 Año III. Edición 283 IMAGENES PORTADA
Sociedad
El principio del fin (III)

Contada por uno de sus protagonistas, una serie que desvela la historia de las guerrillas en Matanzas contra el régimen de Fidel Castro.
por HéCTOR MASEDA Parte 2 / 2

Ríos Ramos recuerda haber estado por esa época en uno de los pocos cercos que lograron evadir inteligentemente y sin luchar: "Nos dirigíamos a la Ciénaga de Zapata (febrero/63). El Pichi envió a León y su gente para que investigara si era prudente o no movernos hacia otra zona de operaciones a través de un lugar conocido por "El Pocito". El grupo de León fue interceptado por la milicia y se armó un tiroteo que los obligó a regresar. Nos informaron que habían cientos de enemigos en el lugar y nos estaban envolviendo. Yo le sugerí a El Pichi evadir el cerco, antes de que lo cerraran, por el mismo lugar del primer encuentro con León, pues consideraba que era el sitio donde el ejército menos pensaría que estábamos nosotros. Así se hizo. Sorprendimos a la tropa enemiga y pasamos. Una vez fuera del cerco, los tiroteamos causándoles algunas bajas".

Este período (diciembre/62 a marzo/63) fue muy difícil para la guerrilla, refiere José Manuel. Casi todos los insurgentes fueron muertos en combate, heridos o capturados, víctimas, en desigual enfrentamiento, de las operaciones gubernamentales. A partir de ese momento, el movimiento insurrecto en Matanzas dejó de ser un peligro potencial para el régimen castrista.

Por otro lado, la muerte de El Pichi, ocurrida el 22 de marzo de 1963, decidió el último capítulo de la historia armada anticastrista en Matanzas. Ríos Ramos narra, no sin emoción, los postreros momentos de su jefe y hermano de lucha: "Yo no fui testigo de aquellos sucesos. A mí me lo contaron otras personas. Yo había sido capturado por el G-2 en febrero de 1963. El Pichi estaba escondido en la finca de un colaborador en el municipio de Corralillo, junto a una treintena de combatientes. El ejército los cercó y, sin posibilidades de evasión, se vieron obligados a romper ese cerco. Mi amigo cayó muerto al ser atravesado por una bala de fusil a la altura del abdomen, después de pasarle por encima a los dos primeros cercos. No pudo burlar el tercero. Ese día murieron con él los 31 hombres que lo acompañaban. El combate duró varias horas. Aquellos hombres no quisieron abandonar el cadáver de su jefe en manos enemigas. A mí, el G-2 me obligó a presentarme en el cementerio de Bolondrón para que lo identificara. Entre varios cuerpos más, estaba el de Juan José Catalá Acosta, alias El Pichi".

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