Lunes, 01 octubre 2001 Año II. Edición 203 IMAGENES PORTADA
Sociedad
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¿Pornografía revolucionaria en el feudo de la Revolución?
por ALEJANDRO RíOS Parte 1 / 2
Cartel

La industria pornográfica es discutible ética, moral o filosóficamente. Está protegida, sin embargo, por los fundamentos de la libre expresión y por las leyes de la oferta y la demanda. Es un negocio que trafica con instintos primarios. Sexo y lujuria más que fino erotismo.

En Estados Unidos hay revistas, canales de televisión por cable, materiales en vídeo, impresos y bares donde las mujeres bailan semidesnudas o desnudas totalmente. Desde hace algunos años, la pornografía fue suprimida de las salas cinematográficas. Los caminos virtuales del Internet abundan también en sitios de esta índole.

Quienes laboran en la industria se atienen estrictamente a las reglas del juego. Entrenan y cuidan sus cuerpos —instrumentos de labor— como buenos deportistas del placer. Concurren al médico a la menor sospecha de enfermedad y se hacen exámenes clínicos periódicamente.

Dos filmes realizados durante los últimos años: Boggie Nights y The People vs. Larry Flint se aproximan, con arte, a este universo seductor y controversial.

Hay, incluso, muchas categorías de porno: unas suaves, otras más duras. En las tiendas que alquilan vídeos de todo tipo, tienen un espacio discreto y apartado a donde no pueden acceder menores de edad.

La industria del sexo de los Estados Unidos celebra convenciones y concursos que dan cierta prestancia y categoría a sus estrellas. Hay celebridades del porno que terminan haciendo el llamado crossover al cine o la televisión con éxito, y nunca más vuelven a ventilar en público sus intimidades físicas. Otras participan de la política o terminan sus días con una gran familia, en la más absoluta discreción.

¿Qué sucede, sin embargo, cuando los hacedores más burdos de la pornografía norteamericana llegan a la geografía desprotegida del socialismo cubano, esa que parece flotar en una nata desagradable de magro capitalismo salvaje?

La respuesta está en un vídeo, convenientemente empaquetado, que circula por el mundo bajo el título de Hot Latin Pussy Adventures, donde dos patanes han organizado burdos actos sexuales ante la cámara con patéticas jineteras cubanas.

Estos muchachones han ideado una suerte de serie por países, y el capítulo que corresponde a Cuba, el número 11, comienza cuando embisten las olas del malecón habanero durante un recorrido automovilístico. Allí ya expresan, crudamente, alegría y placer por encontrarse en un país famoso por sus bellezas criollas.

Como suele ocurrir en el cine porno común y corriente, la siguiente secuencia entra en materia sin transición. El portentoso fornicador posee primero a una criatura que dice tener 18 años, tal vez para cubrir pormenores legales en el propio mercado de los Estados Unidos, cuando, sin duda, no pasa de los quince.

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