Viernes, 03 agosto 2001 Año II. Edición 175 IMAGENES PORTADA
Sociedad
Mercado de ilusiones

En la Plaza Carlos III, en pleno centro de La Habana, se ofertan sueños por departamentos.
por HéCTOR MASEDA  

Nacía el año 1954 y con él se inauguraba el Mercado de Carlos III. Nadie imaginó que pasados unos pocos años este centro comercial sería clausurado, abandonado y convertido en almacén gracias a sucesivas oleadas de decisiones erróneas. Luego ha resurgido como tienda de artículos inalcanzables para quienes sólo viven un presente de promesas incumplidas.

La edificación, situada en una de las principales arterias capitalinas –de donde tomó su nombre–, asumió en un principio, conjuntamente con la Plaza de Cuatro Caminos, la distribución de un alto por ciento de productos alimenticios a bajos precios, para consumo de la población. Recuerdo con nostalgia las correrías sabatinas, juveniles. El hambre martirizaba, pero no importaba, allí estaba el mercado, y con poco dinero se lograba mucho. Poco después dejó de ser refugio de los humildes. Ahora forma parte del pasado.

En 1961 se cerraron sus puertas. Hacia 1962 sobrevivían algunos locales en la planta baja, habilitados como carnicerías o pescaderías. A partir de esa fecha todo terminó. El centro se convirtió en almacén de productos agrícolas, en vitrina de exposición de medios audiovisuales anatómicos o local para guardar cualquier equipo, objeto o pieza. Treinta y siete años condenado al inmovilismo, como la sociedad misma.

Llega 1997. Sorprendente actividad. Remodelación completa. Funcionarios gubernamentales y empresarios españoles e italianos unidos en el frenesí de las labores. Se prepara el renacer del centro comercial.

Reabre sus puertas en el otoño de 1998. Lo engarzan con luminarias bien colocadas y llamativos diseños. Mucha ornamentación en los múltiples departamentos. La rampa interior que comunica sus cuatro niveles, las atentas y bellas empleadas que colman de atenciones al cliente, los novedosos artículos que se ofertan, la música indirecta, sus restaurantes, cafeterías y bares… todo contribuye a que volvamos a recordar, con nitidez, la pasada abundancia.

Pero el derrumbe sobreviene con la realidad. Las ventas, sin excepción, se realizan en dólares o moneda convertible. El peso cubano no cuenta. Tampoco quien lo porta. Una vez más nos sentimos vejados, excluidos, relegados a la última categoría social dentro de nuestro propio país.

Solamente un 10% de la población tiene acceso a las remesas familiares, pertenece al privilegiado sector laboral que atiende el turismo internacional o cuenta en su núcleo familiar con una agraciada joven dispuesta a ejercer la más antigua de las profesiones. Estas son, en lo fundamental, las tres vías que alimentan la posesión de moneda fuerte en Cuba. Existe otro grifo, pero es utilizado, exclusivamente, por los altos funcionarios corruptos. No todos tienen la oportunidad, los medios o la jerarquía que permiten abrirlo.

El Mercado de Carlos III, para la inmensa mayoría de la población habanera –privada del ábrete sésamo de la dolarización–, no fue abierto. Continúa cerrado a las esperanzas, expectativas y necesidades más apremiantes. Su reapertura es sólo un sueño. Una ilusión que vencida por el tiempo adorna, con distante impunidad, los recuerdos de ayer.


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