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Encuentro en la red - Diario independiente de asuntos cubanos
Año III. Edición 515. Viernes, 13 diciembre 2002


 

Opinión

Retóricas de doble filo
Contrasentido y semántica revolucionaria: ¿A quién le hacemos un favor cuando nos referimos a la 'oposición ilegal, pero tolerada'?
por ALEXIS ROMAY, Nueva York

Havel
Havel: El misterioso resplandor de la
palabra libre es mucho más
fuerte que el más poderoso ejército

¿Qué tienen en común el arte, el kárate y el ahorro de energía eléctrica?

Es comprensible que en Manhattan ninguno de mis colegas —representantes de Argentina, Bolivia, Colombia, España, Estados Unidos, Jamaica, México y Puerto Rico— supiera responder esta pregunta. Por otra parte, es igualmente perdonable que la memoria de los exiliados cubanos a quienes incluí en el sondeo hubiera decidido bloquear tan evidente respuesta. Y quizá quienes aún habitan la Isla, plagados de la fiebre del olvido institucional, no recuerden cómo decodificar este simple misterio. Sin embargo, para cualquier cubano —que haya vivido, al menos, la década de los ochenta desde adentro— la respuesta debería ser sencilla. Arte, kárate y ahorro de energía eléctrica —por poner tres ejemplos básicos— son armas de lucha de la revolución.

Dicha revolución —primer gran eufemismo: un sistema que, tras cuatro décadas de establishment, se gasta el lujo de declararse inamovible—, luego de inventarse como término irrefutable, ha continuado su voluntariosa tarea de nombrar fenómenos y procesos ya no por lo que realmente representan, sino por lo que conviene al ideario fantástico de sus creadores y beneficiarios. De tal suerte, en la actualidad cubana nada corresponde a su diseño original: las prostitutas son jineteras; la etapa más crítica en el plano político y socioeconómico, Periodo Especial; un bodrio maligno —"amasijo hecho de carne con madera"—, picadillo enriquecido; y los programas televisados donde no se admiten disensiones —y en los que el sitio al cual se sientan los panelistas a apoyarse mutuamente es rectangular—, son llamados Mesas Redondas. Estos son lugares comunes: la lista cubana de contrasentidos es inmensa y (parcialmente) conocida.

Jinetera, Periodo Especial y Mesas Redondas forman parte de un glosario que no quita el sueño. Se conoce perfectamente su origen: las dos últimas expresiones nacieron de la misma entraña del monstruo "revolucionario" y hasta el concepto "jinetera" —dada su conveniencia semántica: negar verbalmente la prostitución— pudiera haber sido creado bajo estrecho control estatal. Sin embargo, existe un doloroso y alucinante término nuevo. Y lo triste de su caso es que ni siquiera podemos culpar de este desliz al Gobierno de Fidel Castro. La inserción de esta fresca mentira que empaña el naciente vocabulario de la sociedad civil cubana, ¡ha sido acuñada por el exilio! Se trata de la muy popular frase "oposición ilegal, pero tolerada".

Escribo "muy popular" con la mejor de las peores intenciones. Es lamentable que en espacios de prensa donde la libertad de expresión, supuestamente, no ha sido amordazada, prolifere esta terminología encubridora e hipócrita. Y admito que muchos de los articulistas que se refieren a la "oposición ilegal, pero tolerada" usan el entrecomillado de rigor que le impregna cierto toque irónico. Las comillas, en este caso, son un guiño cómplice al lector. Pero, ¿a qué lector? Y si el lector no es cubano, ¿sabrá leer lo macabro que esconde el guiño? ¿Acaso es necesaria la ironía cuando aún no hemos aprendido a ser explícitos? ¿Por qué, si tenemos la posibilidad de hacerlo, no llamamos a las cosas por su nombre? Si queremos mantener el formato de la máxima, ¿no sería más descriptivo decir: oposición ilegal, pero humillada?

La fuerza, o mejor aún, el impacto devastador de las palabras, radica muchas veces en lo desapercibidas que a simple vista pasan. Las escuchamos, las repetimos; la inercia o el aburrimiento nos hacen trastocarlas, darlas por sentadas. Aún así, es sorprendente como el exilio cubano —a pesar de su odio acérrimo a la dictadura— en ocasiones se deja llevar por un léxico favorable a los intereses del régimen de la Isla. Ejemplos sobran: Tengo un amigo que, después de residir por más de un lustro en Miami, todavía se vanagloria ya no de haber sido, sino de seguir siendo un "gusano". ¿Existe algo más denigrante que el hecho de que un sistema totalitario haga a sus enemigos asimilar, y hasta repetir fuera del contexto que les dejó esa marca, que son sólo eso: gusanos? ¿De qué libertad puede hablar un gusano en Miami, si el ejercicio elemental de elegir su manera de presentarse al mundo (es decir, como un gusano) está regido por la repetición (¿inconsciente?) de una ofensa a sí mismo?

Otro compatriota —en los arrabales de Nueva York— se autodefine como miembro de la diáspora. Poesía pura. "Diáspora" es un término que, originalmente, calificaba a las comunidades judías asentadas fuera de su tierra de origen. Claro que la práctica ha hecho de ésta una voz aplicable a otras poblaciones. Pero quien alucinó tiburones, meses después de abandonar la balsa que lo dejó en tierra prometida; quien requiere de un "permiso de entrada" —otro de los tantos eufemismos repetidos constantemente— para visitar su patria; quien no pudo cartearse durante décadas con su familia producto de la férrea censura del Gobierno cubano, ¿califica como miembro de la diáspora? Hay sus notables diferencias: los verdaderos miembros de la diáspora visitan Israel siempre y cuando les viene en gana.

Otros conciudadanos rebasan los límites de la originalidad, denominándose integrantes de la "migración económica". Los emigrantes económicos se distinguen por el hecho de que van de vacaciones a la Isla. Éstos, por demás, seres que han perdido su conciencia histórica (o la escasa memoria), al colocarse en el recientemente inventado nicho de la "migración económica cubana" quizá lo hacen con una mezcla de miedo —ante el inminente chantaje con la negativa del "permiso de entrada"—, negación —se hacen un favor: se evitan tener que cuestionar sus principios (a diferencia de quienes critican la "cochina dictadura", pero no hay oficial de aduana que les impida visitar Varadero agosto tras agosto)—, y automatismo y vagancia —las palabras están ahí: "migración económica". ¿Qué necesidad tienen de andarse complicando la vida?—.

De vuelta al tema: no es noticia para ninguno de nosotros que la oposición en Cuba es ilegal. Tal es su ilegalidad que ni siquiera es reconocida. Le pasa lo que frecuentemente a una prima mongólica, a un hijo maricón o a un pariente negro: no existe. Cuando los voceros del Gobierno no tienen otro remedio que admitir un mínimo de descontento en el pueblo, en esos casos... tampoco hay oposición. Hay grupúsculos apátridas. Grupúsculos y apátridas. Les encantan las esdrújulas.

Con periodicidad asombrosa, los disidentes en Cuba son golpeados, perseguidos, encarcelados, escupidos, apestados, despedidos de sus centros de trabajo, vilipendiados, ofendidos a plena luz del día en sus casas y vecindarios, amenazados telefónicamente a cualquier hora propicia de la madrugada... ¿y algún alquimista nuestro tuvo la singular idea de llamarles miembros de la "oposición ilegal, pero tolerada"? ¿Qué diccionario usó? Y los que, desde entonces, han repetido la frase, ¿tienen noción de lo que escriben? ¿A qué llaman "tolerancia"? ¿Al hecho de que a los opositores todavía no los matan públicamente?

El diario Granma —Órgano Oficial del Partido Comunista de Cuba: coro triste, aburrido y uniforme— no pierde su tiempo en sutilezas. Para la prensa oficialista (en sus versiones plana, radial y televisiva), los enemigos internos del Gobierno aún no se han ganado el título de disidentes u opositores. Oposición y disidencia son locuciones demasiado complicadas para un país donde más del noventa por ciento de su población vota —¡a favor del único partido!— en las urnas electorales. Los contrarios al sistema tienen disímiles calificativos, conocidos por todos y cada uno de nosotros: escoria, vendepatrias, traidores, espías pagados por la CIA o, en su defecto, la mafia cubano-americana —otra manipulación del idioma—, Freedom House o cualquier entidad defensora de los derechos humanos, de moda en el momento.

Estos hombres y mujeres que han erigido pedestales con el miedo propio y se han levantado a protestar en contra de lo que el resto del pueblo corea a regañadientes, ocupan un peldaño incierto en la pirámide social cubana. Mirados con recelo por una parte del exilio, humillados por el Gobierno y evitados por muchos de sus coterráneos, los disidentes, a pesar de su ilegalidad y el halo de intolerancia que los cubre, subsisten gracias a una fe ciega y una convicción inquebrantable. Ya es hora de aceptarlo: disentir en Cuba es ilegal y no tolerado.

En su discurso en la Universidad Internacional de la Florida, al referirse a la lexicología comunista, Vaclav Havel, presidente de la República Checa, señaló que "es un lenguaje lleno de señuelos, esquemas ideológicos, flores retóricas y estereotipos idiomáticos; un lenguaje capaz, por una parte, de maravillar enormemente a las personas que no hayan descubierto su falsedad o a las que no hayan tenido que vivir en ese mundo manipulado por ese lenguaje, y, al mismo tiempo, un lenguaje capaz de despertar en otras personas el miedo y el terror, obligándolas a disimular permanentemente".

Arte, kárate y ahorro de energía eléctrica. No hay que olvidar que el contrasentido también es un arma de lucha de la revolución decrépita. Siendo ésta una verdad de Perogrullo, ¿a quién le hacemos un favor cuando nos referimos a la "oposición ilegal, pero tolerada"?

URL: http://arch.cubaencuentro.com/opinion/2002/12/13/11072.html

 

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