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Encuentro en la red - Diario independiente de asuntos cubanos
Año II. Edición 116. Lunes, 14 mayo 2001


 

Semblanzas

Chano Pozo
JOAQUíN ORDOQUI GARCíA, Madrid

Acaso la columbia más conocida sea Malanga, homenaje a un famoso cumbanchero de Unión de Reyes –curioso nombre para un pueblo matancero– en el que se hace un recuento de algunos de los rumberos más notorios fallecidos, casi todos prematuramente y muchos de ellos de forma violenta. En la enumeración de notables no podía faltar el nombre de Chano Pozo, personaje que de tanto serlo, devino en mito divino y en símbolo internacional de eso que suelen llamar, de manera harto arbitraria, latin jazz.

Chano Pozo

Aunque falta por demostrar la relación –algo remota– que puede haber entre una tumbadora y el Imperio Romano, lo cierto es que a Luciano Pozo (nacido en La Habana, el 7 de enero de 1915) le ha tocado la merecida suerte de convertirse en el emblema por excelencia de la influencia de la música cubana en la norteamericana.

Es fama que a finales de la década de los 40, Dizzy Gillespie contacta con Mario Bauzá y Machito para encontrar a un percusionista que aportara la peculiar síncopa cubana en un concierto programado en el Carnegie Hall y donde Gillespie pretendía fusionarse (otra palabra de moda de cuestionable lógica). Le fue presentado Chano Pozo, que intentaba abrirse paso en New York. El encuentro, nada fortuito, entre uno de los grandes trompetistas norteamericanos y el tamborero centro habanero dio origen a múltiples leyendas, una de las cuales es el propio Chano, tan velado por su propio mito, que apenas es posible conocer al individuo que lo sustenta.

La bibliografía musical norteamericana, menos pudorosa que la nuestra, ha recogido con profusión los avatares del otro protagonista de aquel momento simbólico, pero muy poco se conoce acerca de la cotidianeidad de Luciano y es más lo que se oculta que lo que se exhibe. Sabemos, por ejemplo, que Gillespie era camorrista y que, por lo menos en una ocasión, supo utilizar un arma blanca; sabemos, también, que antes de acceder a la fama, no le era fácil encontrar trabajo ya que, a pesar de ser un excelente instrumentista, era considerado conflictivo y agresivo. Desconocemos (o queremos desconocer) por qué Chano Pozo murió apuñaleado en Harlem.

El problema, nuestro problema, es que tenemos una extraña necesidad de mitos impolutos y no sabemos qué hacer con personajes como Chano, a los cuales es imposible vestir de smoking y que tienen la osadía y el talento de trascender, a pesar de su inconveniente biografía.

Por ejemplo, la pieza Manteca ha recorrido el mundo en múltiples versiones, pero muy pocas veces se pone por escrito que "manteca" es una de los múltiples términos a los que acude el argot cubano para nombrar (u ocultar) a la marihuana. Deducir de ello que el percusionista era aficionado a su consumo y que uno de nuestros aportes musicales emblemáticos no es otra cosa que un homenaje a los efectos psicotrópicos del tetrahidro cannabinol no precisa demasiada imaginación. Lo que requiere un esfuerzo notable es soslayarlo y casi lo hemos conseguido, como casi hemos logrado ocultar(nos) el mundo del cual Chano proviene, a pesar de que está a la vuelta de la esquina.

¿Qué era, además de un gran músico? ¿Por qué lo recuerda una rumba, seguramente ajena a sus éxitos jazzísticos? Rumbero es una hermosa palabra que puede significar muchas cosas, alguna de las cuales lo definen a la perfección –hasta donde una palabra puede definir a un ser humano, claro está.

El reconocimiento de la afrocubanía está más o menos instalado en nuestra cultura oficial a partir de los aportes de Fernando Ortiz, pero la asunción cotidiana de esa realidad se posterga indefinidamente y en ello coinciden los dos polos del poder nacional: La Habana y Miami.

A veces pienso que evitamos con meticulosidad hacernos ciertas preguntas como: ¿de qué contexto salen los rumberos?; ¿qué ha ocurrido y ocurre en los incontables solares de La Habana y Matanzas?; ¿se trata de una subcultura o de una cultura olvidada?

En la década de los 70 me acerqué, por primera vez, al cerrado mundo de las casas de vecindad de Centro Habana y la Habana Vieja. A pesar de la represión y del férreo control del Estado sobre todos los aspectos de la vida cubana, encontré en aquel entorno un ambiguo foco de resistencia a la oficialidad. Ambiguo, porque no pretendía mostrarse como tal, porque no intentaba influir en la realidad política, sino obviarla.

En esa época, cuando toda forma de comercio particular no sólo estaba prohibida, sino que era fuertemente reprimida, podía encontrarse con facilidad en los solares lo que era casi imposible hallar en los lugares de consumo habituales, incluidos cuartos (modestos precursores de las paladares) donde por un peso se obtenía una cerveza fría y por cinco, una ración de vaca frita (procesada a partir de una lata de "carne rusa") o un cigarro de marihuana.

Muchas tardes, en esos mismos solares se improvisaban rumbones protagonizados por los vecinos, muchos de ellos percusionistas aficionados. Aficionados, porque su fuente de sustento dependía de otras actividades, tanto lícitas (construcción, trabajo fabril, estiba portuaria) como ilícitas (comercio de ropas o drogas o robo en sus diferentes categorías); profesionales, si se tiene en cuenta la maestría de sus ejecuciones, vocales e instrumentales.

Muchas veces, inmerso en aquel orbe que no era el mío, tuve sensaciones inéditas: que el tiempo no transcurría; que la percepción de la realidad y de la cultura podía ser muy distinta a como yo la imaginaba; que estaba ante algo tan arraigado y profundo que los devenires de la política y la historia apenas podían alterar.

De ese entorno surgieron Ignacio Piñeiro y Celeste Mendoza, el Tío Tom y Los Papines, el son habanero y la rumba y, claro está, Luciano Pozo.

¿Por qué lo asesinaron el 2 de diciembre de 1948 en una calle de Harlem, cuando se encontraba en el apogeo de su fama? Alguna vez escuché decir que por una deuda con su proveedor de "manteca". No sé si será cierto. Es, al menos, creíble, sobre todo por el elocuente silencio que rodea una muerte que, por su dramatismo, hubiera podido ser más explotada.

URL: http://arch.cubaencuentro.com/enclave/semblanzas/2001/05/14/2307.html

 

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