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Desde... Alabama: Los visitadores y el escribidor Entre el 23 y el 26 de octubre se celebró en Francia un Congreso Internacional dedicado a la vida y obra de Mario Vargas Llosa. Estuvo organizado por el académico Roland Forgues, una autoridad en literatura peruana, y patrocinado por la Université de Pau et des Pays de l'Adour. Pau y Tarbes, localizadas en el sur del país, fueron las dos ciudades que acogieron al autor de Conversación en la catedral y a más de treinta investigadores provenientes de Perú, México, Venezuela, Suiza, Inglaterra, Canadá, Estados Unidos, España, Australia y la propia Francia. Se aprovechó la ocasión para entregarle al homenajeado un doctorado honoris causa. Éste respondió con un interesante discurso dedicado al tema de la preservación de la literatura impresa frente a los avances del libro electrónico. Igualmente, los respectivos alcaldes de las ciudades de Pau y Tarbes reconocieron la importancia del escritor peruano y por ello le hicieron merecedor de las medallas que emblematizan ambos sitios. Vargas Llosa dio indicios de su noble personalidad. Atendió a todos por igual, compartió con quien quiso abordarlo, escuchó disciplinada y atentamente cada ponencia que se leyó después de su llegada y opinó sobre los temas y los trabajos debatidos sin poses superiores ni demagógicas. Para mí, al igual que para el profesor Alejandro González Acosta, titular de la Universidad Autónoma de México (UNAM) y la profesora Mariela A. Gutiérrez, de la Universidad de Waterloo, Canadá, aquélla fue una oportunidad privilegiada y significativa desde muchos puntos de vista. Los tres somos cubanos exiliados. Todos residimos en diferentes países, pues yo estoy radicado en los Estados Unidos. Mariela emigró muy temprano. Alejandro y yo, que lo hicimos mucho después, pertenecemos a la generación que debió leer a Vargas Llosa de forma clandestina y, por supuesto, en ediciones extranjeras. Desde que se pronunciara en contra del arresto del poeta Heberto Padilla (1971) y sostuviera una fuerte polémica con la desaparecida Haydée Santamaría por la misma época, el nombre del escritor peruano es sinónimo de maldición. No se le divulga ni se le estudia en Cuba como es merecido. Por eso, cuando me tocó leer mi ponencia, dedicada a la Historia de Mayta y sus lazos con la narrativa testimonial, le dije a Vargas Llosa en persona que me sentía halagado por poder hablar de él en público, sin atacarlo, sin temor a ser perseguido y sin correr peligro por confesar que lo había leído bastante y con mucha afinidad político-literaria. Para que la audiencia internacional entendiera mejor el propósito de mis palabras agregué que una prueba, paradójica, de cuanto acababa de decir, se halla en el cuento de Senel Paz que sirve de base para la película Fresa y chocolate. Allí, en ese filme oficial hecho en Cuba, la seña de identidad contestataria está ejemplificada por el personaje "desviado", quien osa tener una novela de Vargas Llosa. Igualmente agregué que de los numerosos títulos ya editados por dicho escritor, sólo se ha publicado uno en 42 años de gestión editorial por parte del régimen de La Habana. Había en mi actitud otros factores influyentes que explican por qué Vargas Llosa es un autor importante para quienes disentimos del comandante Fidel Castro. Soy un ex preso político, condenado a cinco años de prisión por un delito de opinión, esto es, por el contenido de unos relatos que tuve la insensatez y la imprudencia infinitas de escribir en Cuba sabiendo que la censura puede llegar hasta nuestros escondites más privados. En este sentido, vale la pena recordar lo que González Acosta dijo a los asistentes: "En Cuba, George Orwell habría sido un escritor costumbrista". Muy pocos escritores latinoamericanos se han atrevido a enfrentarse a las autoridades habaneras. Por eso, aproveché lo mejor que pude cada uno de los breves contactos que tuve con él. En especial le agradecí lo que había venido haciendo en cuanto a Cuba durante estos largos años. Recuerdo que me dijo: "De nada, hay que seguir machacándolos". También nos mencionó, a González Acosta, a Mariela y a mí, la amistad, el aprecio y el respeto profesional que siente por la persona y la obra de otro atacado por la nomenclatura de la Isla: Guillermo Cabrera Infante. Nos contó lo que sabíamos. Que los dos viven en Londres y muy cerca el uno del otro. Indicó que cada vez que sale una noticia sobre Castro en la televisión inglesa, el creador de Tres tristes tigres las graba y las guarda para mostrárselas a gentes como el mismo Vargas Llosa. Según éste, G. Caín se ha convertido en un estudioso del sucesivo e irreversible envejecimiento de Castro y para ello se vale de su colección de caras del dictador en diferentes épocas. Le pregunté si aceptaría una invitación del Ministerio de Cultura de Cuba para ir a La Habana. Respondió afirmativamente, aclarando que obviamente él iría allá a expresar sus criterios sin cortapisa, de otro modo no se molestaría en hacer el viaje. Asimismo contó que una famosa editorial española quiso abrir una librería en La Habana y cómo los funcionarios aceptaron el negocio siempre y cuando no se les promoviera ni a él ni a Cabrera Infante. En ese contexto, creo que su esposa mencionó los nombres de García Márquez y de José Saramago, como autores de una proposición insólita: nominar a Castro como próximo candidato al Nobel por la paz. Huelga aclarar la decepción y el desagrado que le provocan noticias y comportamientos como ésos y, de paso, se refirió a una polémica que sostuviera con Gunter Grass a propósito de Cuba, y de la cual concluyó que debe llamarse "racista" a quienes no tolerarían ni por un segundo una dictadura como la de la Isla para sus propios países, pero sí la recomiendan para los pobres cubanos y latinoamericanos. Esa noche, Vargas Llosa aceptó una invitación del poeta y ensayista Gregory Zambrano para ir a Mérida, Venezuela, donde también le darían un doctorado honoris causa. "A ver si Chávez me deja entrar", comentó el primero en alusión a una polémica que sostuviera con el presidente de la nueva república bolivariana. "Castro se va a caer pronto, eso no aguanta más", fue uno de los vaticinios finales que le escuché antes de terminar la última cena en Tarbes y, por ende, el congreso. Esa noche tuvo la amabilidad de compartir la mesa donde nos hallábamos los cubanos y un grupo de amigos españoles. Por la tarde, Vargas Llosa había sostenido una entrevista pública con Roland Forgues, que tuvo lugar en el salón de conferencias de la Bolsa de Trabajo de Tarbes. Se le hizo un comentario sobre la disparidad de los casos Pinochet y Castro, ante lo cual él reaccionó de una manera muy satisfactoria para gentes como yo. Más o menos argumentó: "Las dictaduras, vengan de donde vengan, son intolerables y no merecen respaldo alguno. El obstáculo son los dictadores, no se pueden justificar los medios a nombre de un fin hermoso pero construido a base de terribles y fatales condiciones. Ni Castro ni Pinochet, hayan salido de un Fulgencio Batista o de un presidente electo como el difunto Salvador Allende". Se sintieron aplausos nutridos y muy fuertes. Para quienes padecemos el silencio de cierta izquierda o el apoyo que los García Márquez y Saramago de este mundo dan a regímenes totalitarios, resulta estimulante y consolador que existan autores como Mario Vargas Llosa. Muchas veces, durante los brindis de Pau y Tarbes, se le deseó que ganara pronto el Premio Nobel de Literatura, pues sus méritos estrictamente profesionales están al alcance de los lectores desde hace mucho tiempo. Hace falta que el mismo análisis que prevaleció para honrar a Octavio Paz se repita en el caso de Vargas Llosa, de modo que éste no sufra la negligencia que afectó a Jorge Luis Borges. Con esas ideas en mente regresé a mi destino de exiliado en los Estados Unidos. González Acosta viajó en auto hasta España para tomar en Madrid el avión que lo regresaría a México. Mariela Gutiérrez y yo compartimos el mismo vuelo a París desde Pau. Ella rumbo a Waterloo y yo para Birmingham, Alabama. Nada de retornar a Cuba, a unas hipotéticas cátedras en la Universidad de La Habana. Nunca nos las habrían propuesto a ninguno de nosotros. Mucho menos habríamos sido autorizados para asistir a un evento patrocinado por una institución burguesa en una nación capitalista. Por lo menos yo había cumplido mi sueño juvenil de visitar Francia sin pedirle permiso a ningún Gobierno. La latinidad de esa cultura me hizo sentirme en casa, en una medida que todavía no conozco en los Estados Unidos. Vivo de comparaciones porque he perdido la casa natal. Sólo en los congresos de mi especialidad, celebrados en cualquier parte del mundo, puedo curar un tanto mi nostalgia de exiliado. En Pau y en Tarbes, gracias a mis colegas y a Vargas Llosa, Cuba no se hizo tan distante. No estamos solos del todo los cubanos opositores, concluí. URL: http://arch.cubaencuentro.com/desde/2001/11/19/4893.html |
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