| Allí estuve |
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| El caso del asalto a la embajada de México en La Habana ocupa asiento en las 'Mesas' de la televisión nacional. |
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| por MANUEL CUESTA MORúA, La Habana |
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La saga del caso Elián nos dejó dos subproductos informativos: las Tribunas Abiertas, donde el Gobierno nos informa que sigue siendo el mismo, y las Mesas Redondas, en las cuales nos comunica lo mismo a propósito de lo distinto.
Las Mesas Redondas tienen mejor fortuna estética que las Tribunas Abiertas. Éstas constituyen las más de las veces marchas estáticas con orador polifónico, que recuerdan la imagen sempiterna de todas las revoluciones triunfantes: el desfile de un pueblo apretado codo a codo para evitar el regreso del individuo solitario y dubitativo que puede desentonar el grito monocorde de las multitudes. Así que nada nuevo bajo el sol de las tribunas soleadas.
Las Mesas Redondas, por el contrario, tienen una imagen muy chic, de jóvenes y no tan jóvenes vestidos a la usanza occidental, con un perfecto corte de pelo, de maquillaje impecable, de rostros WASP y sentados en un set a lo Dan Rather.
Todo muy bien. Pero mucho cuidado con la imagen, nos dicen los mejores semióticos. Porque las Mesas Redondas se organizan como un teatro de operaciones bélicas para una guerrilla que ahora juega el revés.
Las guerrillas clásicas no se dejan ver por sus enemigos al momento del ataque. Actúan como un blietzkrieg humano que se arroja sobre sus adversarios para destruirlos con la pedante picada del mosquito.
Esta guerrilla sentada en redondel siempre está, sin embargo, visible; impidiendo la aparición pública de sus enemigos. Sus armas, hechas de palabras y lectura de cables extranjeros, no se baten en realidad con la "artillería pesada" de quienes combaten; más bien toman prestado del rico arsenal de éstos aquello que puede garantizarles el triunfo frente a un público que comienza a ver, en una peculiar presentación de la batalla, también al revés: no el desarrollo de una derrota, sino el de una victoria.
Y el diseño de estos guerrilleros —de lectura y de verbo encendidos y acusadores— es el de montar operaciones contra la verdad hilvanando hechos ciertos, pero que escasa vez guardan una relación fáctica o lógica entre sí.
La última de estas operaciones redondas tiene que ver con los sucesos de la embajada de México en La Habana, y fue montada el lunes 4 de marzo, como siempre, a las seis y treinta de la tarde.
¿Qué se dijo? Que hay una relación de precedentes entre los disidentes que entramos por las puertas abiertas de la embajada mexicana, respondiendo a una invitación del presidente Vicente Fox en su visita a Cuba, y aquellos que quebraron las puertas cerradas, ómnibus mediante, para huir de la Isla como desean hacer, desafortunadamente, muchos cubanos.
Yo estuve allí, entre los convidados a intercambiar ideas y criterios y a conocer ciudadanos probos, comprometidos seriamente con dar un nuevo impulso a su propio país, desde el prestigio de sus biografías y la legitimidad de las urnas.
Con estos precedentes sólo el juicio malo, que no es lo mismo que el mal juicio, puede vincular la decencia de un gesto político y la retórica de signo diplomático con la desesperación de sus propios ciudadanos.
Las palabras tienen consecuencias. Las de nosotros establecen el compromiso de permanecer en Cuba para civilizar el cambio inevitable. Las de Jorge Castañeda garantizan la posibilidad de que nuestras voces sean escuchadas. Las de las Mesas Redondas inducen a la gente, con una fuerza sicológica irresistible, a la huida, por el freudiano procedimiento de visualizar sus sueños en unas palabras literalmente inconfundibles.
Si usted me dice que las puertas de su casa están abiertas para mí, son otros factores los que me inducen a pensar que con un puñetazo en esas puertas yo puedo concretar su hospitalidad.
De modo que este robo con fuerza a la hospitalidad mexicana es violencia vicaria trasladada de otras puertas que permanecen cerradas... y para siempre, según la fatal interpretación de muchos de mis compatriotas.

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