| El mar del abandono |
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| ¿Dejará la nación que expire tranquilamente, en el poder, su sepulturero? |
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| por ARMANDO AñEL, Madrid |
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Una interrogante, retórica a fuerza de repetitiva, marca la mayoría de los debates en torno a la tragedia cubana: ¿Por qué la nación no se rebela contra el régimen que la subyuga? La constatación brinda a aquellos que aún cortejan el castrismo una especie de infalible salvoconducto argumental: si la población no se ha echado a las calles en 43 largos años de "democracia participativa" —dándole de una vez cuerpo a su desesperanza—, es porque mayoritariamente, de una u otra manera, apoya al Gobierno. Mayoritariamente, que quiere decir aquí tácitamente: si niño que llora mama, niño que calla otorga.
Ciertamente, rebeliones ha habido —el maleconazo de agosto de 1994 acaso sea la más notoria—, pero cada una de ellas ha carecido de la suficiente categoría o resonancia como para marcar un antes y un después en los anales de la "revolución". En un país donde los medios de difusión masiva destapan una y otra vez el baúl de los recuerdos del castrismo, donde hasta hace poco ni siquiera existía una prensa independiente —local o extranjera—, esta clase de acontecimientos han pasado desapercibidos. Todavía hoy, las agencias de noticias acreditadas en Cuba acusan falta de libertad de movimiento. Ni que decir del periodismo alternativo autóctono, hostigado y sin apreciables recursos.
Aún así, y al margen de los conocidos mecanismos de que dispone toda regencia totalitaria para controlar y/o maniatar a sus súbditos, al régimen de Fidel Castro debe reconocérsele una capacidad adicional: la de haber matado en la nación cubana ese espíritu rebelde, de una audacia casi festiva, que la caracterizó en sus mejores etapas. Adulterada la política por la política de Estado, la "revolución" ha parido por fin al tan llevado y traído "hombre nuevo": ese ente incrédulo, irresoluto, apático, al que palabras —o conceptos— como "rectitud" o "vergüenza" no dicen demasiado, que subordina lo moral a lo práctico y en consecuencia no aspira a transformar cierta "ética". A dado a luz una criatura paulatinamente sugestionada por los sucesivos rostros de un sistema en el que los débiles carecen de derechos, y en la isla del doctor Castro los débiles son los íntegros, aquellos que muestran una sola cara. Se trata de un espacio en el que la ética de la integridad ha sido sustituida por la "ética" de la supervivencia. En este contexto, lo ético no sólo no parece razonable: resulta anodino o risible.
La disidencia interna es entonces una excepción que, sin embargo, el Gobierno se empeña en reprimir, temiendo que cunda el ejemplo y a su vez dándolo. El grueso de la sociedad aguarda anestesiada —ciertos sectores, incluso, desconfían de un futuro en el que deberán arreglárselas sin falsificarse a sí mismos—, a caballo entre su ya proverbial indolencia y el convencimiento de que el final está muy cerca, de que al menos alguna clase de cambio está a punto de gestarse. El otrora inservible Comandante, chochea. Su último —pero televisado— desmayo dio el pistoletazo de arrancada de una transición a la que la nueva geopolítica del 11 de septiembre sirve de marco.
En las postrimerías —¡finalmente!— de un proceso que ha echado la Isla al mar del abandono, otra pregunta podría acompañar la que encabeza esta reflexión: ¿Dejará la nación que expire tranquilamente, en el poder, su sepulturero? Parece que sí, y que además de aceptarlo lo prefiere... triste solución y peor epílogo para la novela del totalitarismo en Cuba.

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