| Ruiz Gallardón en Miami |
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| Un enfoque a propósito de la visita del presidente de la Comunidad de Madrid a la capital del exilio. |
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| por MANUEL DíAZ MARTíNEZ |
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Alberto Ruiz Gallardón, presidente de la Comunidad de Madrid y figura relevante del Partido Popular, visitó hace pocos días, acompañado por una treintena de hombres de negocio españoles, la ciudad de Miami, con el propósito, según informes de prensa, de "promover una alianza estratégica" para intercambios comerciales entre la capital de España y esta ciudad del sur de Estados Unidos, considerada la capital del exilio cubano.
Para hablar de Cuba y el exilio en Miami, y comer pescado, hay que tener mucho cuidado, y el circunspecto y siempre elegante político madrileño fue imprudente al no matizar ciertas declaraciones que hizo —a mi juicio, desde la sensatez— acerca del "discurso del dolor" —predominante en la mayoría de los exiliados cubanos— y el futuro de la Isla. Ruiz Gallardón dijo: "El exilio debería presentarse como interlocutor para el futuro. Debería ver en ellos [en los exiliados] el futuro de Cuba, el futuro cubano, en vez del discurso del dolor del pasado: deberían usar el discurso de la oportunidad del futuro y las cosas cambiarían".
La comunidad cubana de Miami —alrededor de un millón de individuos— no constituye, como alguna gente despistada o simplista supone, un bloque homogéneo en lo que a ideologías y actitudes políticas se refiere, ni en ella hay, aunque la amalgame el afán prioritario de abatir al castrismo, una sola manera de enfocar el problema cubano ni una sola idea de lo que se debe hacer para resolverlo; pero no cabe duda de que se trata de una comunidad de hombres y mujeres marcados, en su inmensa mayoría, por el dolor que conlleva el haberse visto impelidos a emigrar, por lo general en condiciones difíciles o muy peligrosas, dejando atrás la familia, bienes perdidos, parientes presos o fusilados y un cúmulo de inolvidables injusticias y vejaciones, y sabiendo que el retorno a la patria es imposible mientras dure el régimen causante de sus desdichas, un régimen que lleva ya más de cuarenta años en el poder y cuyo deceso no parece estar a la vuelta de la esquina. Esto explica la áspera respuesta de algunos exiliados a las palabras de Ruiz Gallardón, y la polémica que en torno a ellas ha estallado en los medios de prensa miamenses. Radio Mambí ha dicho en un editorial que Ruiz Gallardón es "otro mercachifle más interesado en hacer negocios con la dictadura castrista". "No vamos a olvidar los fusilamientos, la división familiar, las humillaciones de 40 años de despotismo", aseguró una exiliada a través de la misma emisora.
Es inimaginable que los cubanos de hoy podamos olvidar lo que ha venido aconteciendo en Cuba bajo el sultanato de Fidel Castro; además, no sería bueno que los que nos sucedan lo olvidaran, porque se correría el riesgo de que la historia se repitiese, y la historia cubana de las últimas cuatro décadas no debiera repetirse ni como farsa. Pero, claro está, el "discurso del dolor", por su natural tendencia a convertirse en el discurso del rencor, no es el idóneo a la hora de pensar el futuro de la nación cubana. Rencores y odios, no importa cuántos motivos los justifiquen, son estorbos graves cuando se trata de reconstruir un país, borrando de él todo vestigio de autoritarismo y arbitrariedad y reinstalándolo en los cauces democráticos.
A quienes quieren participar directamente en ella, la Historia —con mayúscula— les brinda dos opciones: la de ser destructores o la de ser constructores. Todos pueden modificar la Historia, pero está visto que son éstos últimos los que la humanizan y la hacen respirable, que es la tarea más hermosa, pero también la más difícil por ser la que más inteligencia, paciencia, audacia y generosidad exige.
Creo que las palabras de Ruiz Gallardón están inspiradas en la experiencia de quienes construyeron la democracia moderna en España.

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