Miércoles, 27 febrero 2002 Año III. Edición 311 IMAGENES PORTADA
Opinión
Virus hoy, mañana vida

A propósito del encuentro del presidente mexicano con miembros de la disidencia interna en la Isla.
por CARLOS M. ESTEFANíA  
Fox
Visita oficial a La Habana, encuentro con la
disidencia. Presidente Fox, primera dama Sahagun

La prensa había pronosticado lo contrario y, sin embargo, Vicente Fox recibió el lunes 4 de enero, durante su visita a Cuba, a un grupo de dirigentes del movimiento democrático interno. El intercambio se registró en la embajada de México y contó con la presencia del Subsecretario para América Latina de la cancillería mexicana, Gustavo Iruegas. Los opositores fueron: la economista Martha Beatriz Roque (cuya postura frente al régimen se ha endurecido tras prolongados encarcelamientos), el socialdemócrata Elizardo Sánchez, el demócrata cristiano Oswaldo Payá, el periodista alternativo Raúl Rivero, el socialista democrático Manuel Cuesta Morúa y los liberales Héctor Palacios y Osvaldo Alfonso.

La entrevista con el mandatario mexicano señala la legitimidad adquirida ante el mundo por quienes hacen oposición dentro de Cuba. El hecho debía llenar de júbilo a todo los que en teoría apuestan por la democratización de la Isla. Sin embargo, no ha sido así. Opiniones emitidas por algunos exiliados cubanos menosprecian el importante encuentro. Así, se afirma que los participantes, de acuerdo a las tesis "moderadas" que defienden, no representan el sentir de la oposición cubana —como si la mayoría de las organizaciones opositoras internas no realizaran su trabajo sobre una base de oposición pacifica y reconciliación nacional, en otras palabras, moderada—. Para otros críticos, la política de Fox hacia Cuba es simplemente "sucia", con lo cual el encuentro se "ningunea". Hay quien despectivamente cataloga a los opositores de "dialogueros" —quizás porque su estrategia civilista no se ajusta al paradigma "revolucionarista" (más que revolucionario) por el que se rigen, en casi igual medida, los dos bandos que fragmentan la nación cubana: el de los "fidelistas" y el de los "anticastristas"—, asegurando que "la historia habrá de pasarles la cuenta".

Los que tienen la mirada clavada en el pasado pierden así una imagen resplandeciente, la de los que sufren y trabajan pacíficamente por una nueva vida para su patria. Si con alguien la historia no tendrá clemencia será con los cubanos que no aplaudan cada centímetro cúbico de libertad, cada reconocimiento internacional, cada encuentro con una autoridad, en resumen, cada concesión que, con la sola hazaña de existir, le arranquen al Gobierno los disidentes en Cuba.

Que no esperen a mañana para declararles "padres de la democracia", para venerarles como héroes de antaño, con ritos vacuos, palabras pomposas y pálidas estatuas. Es ahora cuando se les ha de tomar en cuenta como lo que son: hombres y mujeres a toda prueba y, al mismo tiempo, dignos émulos de Jesús, Gandhi y Luther King. Es hora de que los exiliados olviden espurios protagonismos y les apoyen, sin sectarismo alguno, si quieren tomar parte —aunque sea la más modesta— en la gestación de una nueva nación, la que siempre debió ser, la que sin dejar de ser apasionada sea pródiga y libre, sin odios, reconciliada con todos su hijos, despojada de censores, déspotas, "revolucionarios" y toda esa gama variopinta que a "Cuba ha hundido en el mar" (como diría el texto del himno del 26 de julio, interpretado, paradójicamente, con música de una marcha militar batistiana).

Brindándole un apoyo moral permanente y una solidaridad generosa, sin cortapisas, al movimiento democrático interno, la diáspora (esté en Estados Unidos o en España, en Suecia o en Venezuela) mostraría que quiere la libertad para su pueblo per se. No se trata de que Cuba se endeude políticamente con este actor más que con el otro durante la eliminación del régimen actual.

En todo caso son los disidentes internos, no los desterrados, quienes en realidad preocupan al "Comandante". A este "Jefe" le sobra olfato —del que carecen algunos de sus enemigos— para detectar en el opositor de la Isla un virus incurable, el síndrome que diezmará, irremediablemente, las defensas del cuerpo totalitario.


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