Miércoles, 27 febrero 2002 Año III. Edición 311 IMAGENES PORTADA
Opinión
Guantanamera

Los detenidos talibanes en la mira del mundo. Los presos cubanos en la mira de nadie. ¿Quién impone las reglas de juego?
por MANUEL DíAZ MARTíNEZ  
X - Ray
Guantánamo. Campo X-Ray

Las condiciones —supuestamente inhumanas— en que han sido recluidos los prisioneros talibanes y de Al Qaida en la base naval que Estados Unidos mantiene, desde hace un siglo, en una franja de la costa cubana de Guantánamo, han desatado, en gran parte de los medios de prensa del mundo, incluso en algunos norteamericanos, una oleada de críticas al Gobierno de ese país, al que se acusa de estar violando los derechos humanos de los citados prisioneros. Aunque en la mayoría de los artículos de opinión sobre este tema que han pasado por mis manos no queda claro si lo que interesa más es denunciar los atropellos que pudieran estar padeciendo los terroristas apresados o denigrar a Estados Unidos y desacreditar la cruzada de la administración Bush contra el terrorismo internacional, no deja de ser saludable que la prensa, de cualquier manera, se muestre resuelta a asumir la defensa de los derechos humanos, cuya violación, parcial o total, atenta contra los fundamentos de la democracia.

Pero si los terroristas detenidos en la base norteamericana de Caimanera —que no son señoritas histéricas, sino fanáticos kamikazes ciegos de odio y superentrenados para matar— merecen, sin duda alguna, ser tratados como personas, con más motivos merecen ser tratados de igual manera los presos políticos cubanos, encarcelados, en condiciones cien veces peores que aquéllos y desde hace mucho más tiempo, por enfrentar pacíficamente a un régimen totalitario —un régimen que practica el terrorismo contra su propia población y que no reconoce a nadie derecho alguno por encima de la voluntad del caudillo—, y de los cuales muy rara vez, a lo largo de más de cuarenta años, se ha ocupado esa misma prensa que ahora tanto se preocupa por los nuevos inquilinos de Guantánamo y que nos los presenta como víctimas de la vesania imperial.

Desde que los primeros talibanes y secuaces de Bin Laden llegaron a Guantánamo, las autoridades estadounidenses han permitido que miembros de la Cruz Roja y congresistas norteamericanos y británicos visiten la base y comprueben el estado en que se encuentran los prisioneros y el trato que allí se les da. En contraste, el Gobierno cubano jamás ha permitido que sus cárceles sean inspeccionadas por nadie. Ni siquiera los relatores designados por la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, en las repetidas ocasiones en que este organismo ha condenado a Cuba por violar tales derechos, han podido poner un pie en la Isla. Ni este hecho —que ha debido tener ya una sanción por parte de la ONU— ni las incesantes denuncias —procedentes del interior de las innumerables prisiones castristas y divulgadas por la prensa independiente (ilegal) de la Isla— acerca del hambre, la desatención médica, el hacinamiento, las palizas, los encadenamientos, las celdas tapiadas, la censura religiosa y las vejaciones de toda índole que sufre la población penal cubana han encontrado, en cuarenta años, en los medios de prensa del mundo democrático, ni la milésima parte del espacio que en unos pocos días ésta le ha dedicado al tema de los terroristas trasladados a Guantánamo.

Una señal del infierno que se vive en las cárceles de la Isla son las terribles autoagresiones a que, en el paroxismo de la desesperación y el desamparo, han recurrido muchos reclusos para protestar por la crueldad de sus carceleros y la impunidad con que éstos actúan. Recientemente supimos que un preso común se cercenó las manos, y de la cárcel Kilo Ocho, también conocida como "La 26 de Camagüey", nos llega la noticia de que el 13 de diciembre pasado el prisionero Giovani Fleitas se inyectó petróleo.

En su columna dominical del madrileño El País, el escritor valenciano Manuel Vicent escribió a propósito de los terroristas presos en la base de Guantánamo: "Por mi parte, frente a esa actitud de matón con que Estados Unidos ejerce el liderazgo sobre el planeta, para salvarme voy a lanzar un grito de protesta en el cuarto de baño, aun sabiendo que esta rebeldía personal sólo servirá para que me llamen progre..." Yo le prometo no llamarle progre si lanza otro grito de protesta (¿y por qué en el cuarto de baño?) contra el matonismo que la dictadura castrista ejerce, desde hace cuatro décadas, sobre todos los cubanos de un lado y otro de la reja.


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