| A río revuelto |
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| Las recientes muestras de distensión entre EE UU y el régimen de La Habana resultan, cuando menos, significativas. |
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| por RAúL RODRíGUEZ |
Parte 1 / 2 |
Nadie duda que desde el pasado 11 de septiembre el mundo anda más revuelto que de costumbre. Los trágicos sucesos de las Torres Gemelas en Nueva York hicieron ver la gravedad de ese flagelo terrible que viene azotando desde el pasado siglo a las sociedades contemporáneas. Fue como si un absceso pútrido y extraordinariamente peligroso, pero hasta entonces no reconocido a cabalidad en todo su potencial destructivo, hubiera hecho eclosión con aquella catástrofe, derramando su fétido pus en la conciencia de los pueblos y gobernantes del planeta.
La lucha contra el terrorismo devino en prioridad de los gobiernos más poderosos y ha contado con el respaldo de la mayoría de los países.
El conflicto israelí-palestino, sumido en un callejón del que no se vislumbra salida, las tensiones entre India y Pakistán y la debacle en Argentina, son circunstancias que complican la revoltura mundial referida, apenas aliviada por la evolución favorable, hasta ahora, de lo que fue predio terrible del régimen talibán.
A los Estados Unidos, el país incuestionablemente con mayor influencia moderadora en este mundo globalizado, lo menos que le conviene es añadir otro foco de tensión o empeorar uno existente, por insignificante que sea. A Fidel Castro (en el caso de Cuba, por desgracia, no se puede hablar de un país sino de un hombre), le sobran luces para comprender que el problema central que hoy en día confronta su poderoso vecino es lo suficientemente grave para que "el Imperio" no se pueda dar el lujo de andar con paños tibios. Basta analizar que durante la crisis de los cohetes el verdadero contendiente de los Estados Unidos era un Estado estable, con sus instituciones bien establecidas, con tanto que perder como la propia Norteamérica y sin ninguna vocación suicida. Nada parecido a las características de la actual amenaza.
Como resultado de esta conjugación de intereses por una más civilizada convivencia entre los Estados Unidos y el viejo patriarca antillano, se han venido produciendo signos reveladores.
Por parte de Castro y sus voceros oficiales, hay que citar los elogios al clima de confianza mutua de los últimos años en torno a la base militar de Guantánamo, el agradecimiento a los avisos previos que el Gobierno norteamericano ha tenido la condescendencia de hacer llegar al cubano, el ofrecimiento de cooperación en saneamiento ambiental y hasta en servicios médicos para la tarea de utilizar la base como campo de concentración de los prisioneros de Al Qaeda.

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