Lunes, 03 septiembre 2001 Año II. Edición 183 IMAGENES PORTADA
Opinión
Carta a Fi por culpa de Fu

Un repaso, y un balance, de 42 años de totalitarismo tropical
por JORGE A. POMAR Parte 1 / 4

Querido Comandante:

En Venezuela
F. Castro en venezuela. 75 cumpleaños
junto a Hugo Chávez

Supe de tu existencia jugando en la cuadra, mientras librabas tu guerra justiciera allá por las lomas de Oriente. Se jugaba a ser de "Fi" o de "Fu". "Fi" eras tú, Fidel, y "Fu" era el dictador Fulgencio Batista. Y ningún niño quería ser de "Fu", a quien todos pintaban como el "negro encaramado". He de reconocer que ya desde entonces, negro al fin, el germen de la duda anidó vagamente en mi mente infantil. ¿Batista era malo por tirano o por negro? ¿O acaso por ambas cosas? De todos modos, nunca quise ser de "Fu", un mulato que pretendía pasar por blanco y mataba a mucha gente.

Y un buen día rodaste triunfal por el Malecón en los tanques de tus enemigos, aclamado a rabiar por (casi) todo el pueblo: burgueses y proletarios, negros y blancos, industriales y comerciantes... En cierto momento una paloma se posó en tu hombro: suceso luminoso interpretado por los cristianos como el espaldarazo del Espíritu Santo y por los santeros, como el odu favorable del mismísimo Obatalá. Enronqueciste prometiendo elecciones, libertad de credo e ideas, el fin del juego, la prostitución y el peculado, tierra para los campesinos, trabajo para los obreros, hospitales para los enfermos, escuelas para los niños, techo para los desamparados, manicomios para los locos, justicia para los oprimidos... Juraste que "la Revolución era verde como las palmas" y que jamás devoraría a sus hijos como Saturno. Escuché y aplaudí, como (casi) todo el mundo.

Apenas dos años después, habías consumado un temerario salto mortal: burgueses y terratenientes expropiados se sumaban a la estampida de los batistianos, y en el Foso de los Laureles de La Cabaña los pelotones de fusilamiento a las órdenes del "Guerrillero Heroico" acribillaban ahora, junto a los esbirros de Batista, a antiguos miembros de tu ejército rebelde y a otros desafectos que morían al grito de "¡Viva Cristo Rey!" Pero aquella gente nunca había compartido mi suerte. Yo no oía sus gritos de dolor o sólo los oía como tú querías que los oyera, o si los hubiera oído y percibido la magnitud de la tragedia, acaso hubiese –como recomendaba Guillén en caso de pena con los burgueses– "apretado los dientes" y seguido adelante detrás de ti, entre la masa de los desposeídos.

Así que, con once años, apenas apagados los ecos de los últimos disparos en Bahía de Cochinos, me encaramé en un tren de cañas y me fui a Oriente a alfabetizar guajiros, como tú querías. Por cierto que allí supe que no todos los campesinos estaban tan entusiasmados con una Reforma Agraria que ya empezaba a enajenarles la tierra recién recibida.

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