Viernes, 03 agosto 2001 Año II. Edición 175 IMAGENES PORTADA
Opinión
Una malvada obscenidad

por VICENTE ECHERRI, Guttenberg, N.J. Parte 1 / 3

En días pasados, la boda del actual conde de Albemarle en La Habana era noticia en algunos periódicos. Aunque el reportaje gráfico del evento sólo aparecerá en las páginas de la revista Vanity Fair, que adquirió los derechos exclusivos, algunas agencias de noticias divulgaron una reseña del acontecimiento que, con razón, han calificado de insólito: un vástago de la aristocracia inglesa se casa en uno de los últimos bastiones del comunismo y en presencia de unos 300 invitados del jet-set que viajaron expresamente para el acto. Sin duda que es noticia.

La elección del sitio no es casual. Las reseñas se encargan de recordarnos que la capital de Cuba es una suerte de leyenda entrañable para la familia Albemarle desde que George Keppel, el tercer conde de ese título, comandara las tropas inglesas que asediaron y tomaron La Habana en el verano de 1762, para una breve ocupación de once meses.

Esta empresa que enriqueció al conde de Albemarle y a sus hermanos (que también participaron de la operación militar) debe haber pasado de generación en generación como parte de sus blasones y abolengo. No es difícil imaginar a este chico Rufus, el actual conde, mostrándole a su novia iraní la galería de retratos de la familia en su casona solariega: "éste es George, el que tomó La Habana". El comentario evoca, sin duda, un grabado romántico en el que se destaca el Castillo del Morro en el momento en que los ingleses lo asaltan luego de haber hecho volar uno de sus baluartes, al que puede agregársele una estampa decimonónica de negros caleseros, como de un cuadro de Landaluze, el humo de un poderoso habano que sale de los labios de Winston Churchill, una ciudad ruinosa y detenida en el tiempo sobre la que se destaca la imagen omnipresente de Fidel Castro... "todo mezclado, todo mezclado" como diría Nicolás Guillén, en una suerte de rompecabezas folklórico que debe haber ejercido una creciente seducción para los Albemarle. Una joya extraviada de un fabuloso mundo colonial.

Finalmente, el conde y su novia visitaron La Habana el año pasado y el ambiente debe haber confirmado sus sueños. Pese a algunas groseras boutiques y algunos automóviles, ahí está esa ciudad hermosa y arruinada para enaltecer el linaje de un noble que presume de las hazañas de sus antepasados. ¡Qué bonita es La Habana!, es como una especie de Pompeya donde aún vive la gente, el marco perfecto para posar –como hizo recientemente un grupo de modelos–, luciendo los diseños de los grandes modistas. A partir de ahí, la idea de casarse en La Habana se comprende, se trata de un hallazgo genial.

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