| Política pendular de La Habana tras los atentados del 11 de septiembre |
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AFP/ Como un equilibrista tras el 11 de septiembre, Fidel Castro se mostró comprensivo con la detención de sospechosos de terrorismo en Guantánamo, pero encabezó las mayores manifestaciones en la historia de Cuba para denunciar la amenaza de Estados Unidos, que sigue calificando a la Isla como Estado que patrocina al terrorismo.
El Gobierno de Cuba, único país comunista del hemisferio occidental, fue de los primeros en el mundo en alzar su voz para condenar los ataques del 11 de septiembre contra Nueva York y Washington, y ofreció de inmediato su ayuda para tratar a los heridos en los atentados.
"En esta hora amarga, nuestro pueblo se solidariza con el pueblo de Estados Unidos y expresa su total disposición a cooperar con cualquier institución de carácter médico o humanitario de ese país en la atención, cuidado y rehabilitación de las víctimas", señalaba una nota oficial.
Las emisoras de televisión de la Isla, bajo control estatal, interrumpieron sus transmisiones para difundir en directo las imágenes de la tragedia, mientras los locutores expresaban el "dolor y tristeza" del pueblo cubano por esos "ataques sorpresivos y violentos" contra sus vecinos del Norte.
Por primera vez en cuatro décadas, Cuba y Estados Unidos manejaron un tono conciliador y hasta amistoso tras los atentados, pero el anuncio de Washington de tomar represalias bélicas contra los supuestos responsables de los ataques motivó que La Habana retomara su prédica contra la política norteamericana.
"Estamos y estaremos contra el terrorismo y contra la guerra", clamó Castro al condenar el discurso en el que el presidente estadounidense George W. Bush advirtió al mundo que "se está con nosotros o se está con el terrorismo".
Según Castro, una respuesta militar contra los atacantes de las Torres Gemelas y el Pentágono no pondría fin al terrorismo internacional y alentaría "sentimientos de xenofobia, odio y desprecio" entre los habitantes del planeta.
"¿Por qué empecinarse en iniciar una complicada e interminable guerra? ¿Por qué la arrogancia de los líderes de Estados Unidos, si su enorme poder les otorga el privilegio de mostrar un poco de moderación?", señalaba el mandatario cubano al marcar su desacuerdo con la posición "belicista" de Washington.
Calificó de inútil la guerra en Afganistán y vaticinó que sería "una lucha contra fantasmas que no se sabe dónde se encuentran", sin posibilidades de declarar vencidos ni vencedores.
Pero Castro, hábil estratega con 43 años en el poder, matizó los embates retóricos contra su tradicional adversario con gestos de buena voluntad, aplicando una política pendular que le permitió emitir severos juicios contra Washington mientras por otro lado le tendía la mano.
En enero de este año, el Gobierno cubano expresó su disposición a colaborar con Estados Unidos en Guantánamo, en el extremo oriental de Cuba, donde los norteamericanos operan una base naval que transformaron en lugar de detención para los prisioneros de guerra capturados en Afganistán.
La Habana ofreció servicios de asistencia médica y de preservación de la seguridad en el área y se comprometió a devolver a cualquier prisionero que lograra fugar de la base estadounidense y entrar a territorio cubano. "Cuba se esforzará por conservar alrededor de ese punto el clima de distensión y respeto mutuo que ha prevalecido allí durante los últimos años", advirtió un comunicado oficial.
Desde Estados Unidos también se emitieron mensajes políticos ambivalentes hacia el Gobierno comunista de la Isla tras los sucesos del 11 de septiembre. Mientras el Departamento de Estado mantuvo a Cuba en la lista de países que promueven el terrorismo, en el Congreso aumentaron las voces a favor de aliviar las sanciones que Washington impone a La Habana desde hace más de cuatro décadas.
Las visitas de políticos norteamericanos a Cuba se sucedieron sin pausas luego de los atentados, y un intenso flujo comercial, al amparo de una legislación estadounidense vigente desde 2000, comenzó a desarrollarse desde noviembre del año pasado, por primera vez en los últimos 40 años.
La caída de las Torres Gemelas no aplacó el enfrentamiento dialéctico entre Washington y La Habana, pero marcó un punto de inflexión entre las dos naciones protagonistas del último combate de la Guerra Fría en Occidente, según estimaron diplomáticos y analistas de política exterior.
El propio Fidel Castro redefinió su posición ante su rival ideológico en un reciente discurso, donde dijo que se considera a sí mismo "como un adversario de la política de Estados Unidos, que cree tener una idea de la historia, la psicología y la justicia humana, pero no soy un enemigo" de esa nación.

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