Martes, 22 octubre 2002 Año III. Edición 477 IMAGENES PORTADA
Música
Sólo una vez le crece la cresta al gallo

De Celia Cruz a Chirino, de Bauzá a Pedro Luis Ferrer, nuestra música continúa engrosando el inventario de lo prohibido.
por JOSé HUGO FERNáNDEZ, La Habana Parte 3 / 3

Con todo, el caso más inaudito y también sin duda el más repudiable en lo que concierne a la prohibición de músicos que permanecen dentro del país, es el de Pedro Luis Ferrer, autor e intérprete de raigal cubanía, al cual le han salido canas creando decenas, cientos de canciones y guarachas que a pesar de su excelente factura nacen condenadas a la gaveta, o si acaso al recital para pequeños grupos de amigos y simpatizantes.

En cuanto a los músicos cubanos del exilio, el estigma no se ha limitado a un simple decreto prohibitivo que los hace invisibles e inaudibles para el sistema de radiodifusión de su país. Parece que obligarlos a renunciar de por vida a su público natural no ha resultado suficiente para satisfacer la roña de los inquisidores. De modo que además los condenan, también de por vida, a permanecer alejados de la tierra y de los seres queridos, llevando hacia adelante una carrera que se lastra en el vacío y la frustración provocados por la ausencia de ambientes, paisajes, afectos, memorias, añoranzas, que son la esencia misma de su arte.

Suman tantos que resulta imposible relacionarlos todos. Desde orquestas completas, como las proverbiales Sonora Matancera o Fajardo y sus Estrellas, hasta intérpretes de asombrosa versatilidad y talla planetaria, como La Reina, Celia Cruz, o La Lupe. Desde directores y compositores que constituyen referencia obligada, como Bebo Valdés, el propio José Antonio Fajardo, o Willy Chirino, hasta instrumentistas aclamados en los más exquisitos escenarios, como Israel Cachao López, Paquito D'Rivera, Arturo Sandoval, Juan Pablo Torres o Carlos Patato Valdés. Desde boleristas que hicieron época, elevando el género a niveles nunca más alcanzados, como Orlando Vallejo, Olga Guillot, Blanca Rosa Gil, Orlando Contreras, Ñico Membiela o Bienvenido Granda, hasta tenores de alta resonancia, como René Cabel. Todos mimados por la celebridad, a la vez que marcados por el triste destino que los condujo a ser extraños en su propio país, extirpados de la memoria colectiva por obra y gracia del garrote.

Y todavía hay quienes se empeñan en aparentar que es posible cortarle dos veces la cresta al gallo. Pero los hechos hablan solos. Hace poco, las emisoras radiales de la Isla publicaban la relación de músicos cubanos nominados para los premios Luna, que convoca el Auditorio Nacional de México. Esta lista se constreñía a la mención de Pablo Milanés y los integrantes del Buena Vista Social Club. De manera que Celia Cruz y Francisco Céspedes, también nominados, no eran considerados cubanos por la radio de aquí.

Otro tanto sucedió en los días previos a la entrega de los Grammy. Cuba contó con el privilegio de ser representada por más de una docena de nominaciones, pero la radio de la Isla solamente divulgó seis nombres. El resto pertenecía a la penosa legión de los segregados.

Después hubo que oír la algarabía oficialista cuando a Chucho Valdés no le llegó a tiempo la visa, por lo cual no pudo viajar a los Estados Unidos para recibir su premio. Fue una torpeza sin justificación, desde luego, dadas la fama y trayectoria del premiado. Pero qué podría decir Celia Cruz, también gran ganadora de los Grammy, y cuyos discos no sólo están rigurosamente prohibidos en Cuba, su patria, sino que ella misma no puede pisar desde hace casi cuatro décadas la tierra que la vio nacer, porque no le dan visa, no ya para que venga a recibir un premio —que ya lo tiene en la devoción de su pueblo, que no la olvida—, sino ni siquiera para asistir a la última agonía de sus seres queridos.

Ahora que digan los ilusos si tuvieron o no razón la Biblia y el refranero popular. Ni vale el remiendo de tela nueva en túnica vieja, ni al gallo le vuelve a crecer la cresta una vez cortada.

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