Martes, 02 abril 2002 Año III. Edición 335 IMAGENES PORTADA
Música
Abran paso, bailadores

Pozo, Romeu, Bauzá... Leonardo Acosta publica la primera historia del jazz cubano.
por JOAQUíN ORDOQUI GARCíA, Madrid Parte 3 / 3

Para resumir esta etapa, del libro se desprende que desde finales de los años 30 hasta principios de los 60, en Cuba y en los Estados Unidos, se está produciendo un verdadero e inseparable fenómeno cultural que explica la creación del jazz latino no como la genial ocurrencia de unos pocos músicos (cuyos méritos en ningún caso Acosta disminuye), sino como un continuo proceso en el que intervinieron, en mayor o menor medida, decenas, acaso centenares de músicos desde distintos géneros y orbes, como son, además de los ya mencionados, Dámaso Pérez Prado, Arsenio Rodríguez, los Lecuona Cuban Boys, la Riverside, Stan Kenton y hasta la enloquecida y enloquecedora figura de Xavier Cugat. Este período termina con la gestación de una organización poco conocida en la actualidad, el Club Cubano de Jazz, de la que el autor fue uno de sus protagonistas. Esta asociación cultural, que actuó en La Habana desde finales de los 50 hasta 1960, se dedicó a organizar jam sessions (descargas) con los mejores músicos cubanos dedicados al género para, con el dinero obtenido, traer a La Habana a destacados jazzistas norteamericanos y propiciar más aún el intercambio del que hablábamos.

A partir de 1960, la situación política interrumpió estas relaciones y durante casi dos décadas el jazz estuvo mal visto en Cuba. A pesar de ello, los esfuerzos de músicos como Felipe Dulzaidez, Nicolás Reynoso, Paquito D'Rivera, Cachaíto López, Armando Romeu, Emiliano Salvador, Tony Valdés, Enrique Pla, Carlos Emilio, Barreto, Sergio Vitier, Chucho Valdés, Frank Emilio Flynn, Armandito Zequeira, Bobby Carcassés, Maggy Prior y el propio autor (por sólo mencionar algunos de una larga lista); de los críticos de jazz y disc jockeys Horacio Hernández y Mario Barba; incluso del administrador de un night club, José Molina, mantuvieron vivo el jazz contra viento y marea, en una época en la que incluso se expulsaba a los alumnos de la Escuela Nacional de Arte (bajo la dirección de Berta Serguera, hermana del no menos nefasto Papito Serguera) si los escuchaban tocando jazz, todo lo cual encontrará el lector, de forma detallada y con análisis sumamente serios y necesarios, en los capítulos 8 y 9 de Raíces del jazz latino. En ellos, también, se explica la importancia que tuvieron Irakere, el grupo Afrocuba, dirigido por Reynoso, y otras formaciones que llenaron el período que va desde 1960 hasta 2001.

Por último, hay cuatro elementos que dan aún más valor al libro que nos ocupa. En primer lugar, a lo largo de toda la obra Acosta relaciona el desarrollo del jazz cubano (y del jazz en Cuba), con los espacios donde se interpretó (perspectiva que comparte con Díaz Ayala), espacios que incluyen grandes cabaret, nights clubs, casas particulares, la radio, teatros, la televisión y, por lo menos, un prostíbulo, y sin los cuales y a partir de sus características, no podría comprenderse este fenómeno. Un ejemplo muy claro de lo expuesto por Acosta en este sentido es la importancia que tuvo la orquesta del cabaret Tropicana, que estuviera dirigida durante aproximadamente 20 años por Armando Romeu y conformada por algunos de los mejores intérpretes del jazz. Ello propició el desarrollo de descargas, fuera del horario de trabajo, donde se reunían prácticamente todos los jazzistas cubanos, además de que en las funciones estelares de ese histórico cabaret participaron algunos de los mejores jazzistas norteamericanos, quienes también participaron en muchas ocasiones en las descargas mencionadas.

Los otros elementos a los que me refería son la generosidad hacia con los músicos cubanos, hasta el punto de que dudo que quede un nombre sin mencionar, la justicia que se hace a figuras no demasiado conocidas en la actualidad, como Romeu o Dulzaidez, y el valor con que un escritor residente en la Isla aborda los más escabrosos temas relacionados con la política cultural cubana, hasta el punto que, desde esa perspectiva, podría estar firmado por cualquier autor que habitara en un país democrático.

En fin, se trata de un libro que todos los interesados en la música cubana deben leer para entender procesos que hasta ahora resultaban ininteligibles y que Leonardo Acosta logra estructurar con un rigor muy escaso en la bibliografía de nuestra música popular.

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