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Estoy bastante enterado –con las limitaciones que impone y se imponen en nuestra Isla– del debate mundial acerca de los diversos tipos de democracia que se disputan la inteligencia y el favor de las mayorías. Debate que es intenso a un cierto nivel, pero que no debe exagerarse en su dimensión popular, porque el pueblo (o los pueblos) –palabra que no es pronunciable en términos políticos– está más preocupado por su proyecto de vida que por la definición política de la participación ciudadana. Dos cosas que la política al uso ha desligado. Democracia representativa o participativa, democracia directa o de consejos, democracia por consenso o censo, constituyen algunos puntos referenciales de una disputa que no termina, ni parece terminará, entre la clase política e intelectual. Los intereses y las filiaciones poniéndose de acuerdo para hacer avanzar –pero también confundiendo–, el modo en que podemos o no podemos hacer efectivos nuestro voto y nuestra voz. Aunque pueda resultar extravagante en un país donde la opinión francamente discrepante se ejerce para no ser tenida en cuenta más que por la policía, Cuba no es ajena a estas discusiones. Sigue pasando inadvertido el forcejeo de palabras que la inteligencia orgánica oficial, ya se exprese en los medios o en revistas multipropósito, tiene consigo misma e indirectamente con lo que detractan y con quienes detractan. Y pienso que toda inadvertencia es un error. Y en el asunto de marras, no advertir lo que pasa impide saber, cuando menos, hasta dónde los críticos de la democracia que es se preparan para acolchonar la democracia que pudo ser. Se podrá pensar, por supuesto, que tiene escaso sentido discutir de democracia con personas que se autodesautorizan en su práctica cotidiana. Sostengo, sin embargo, que las premisas para la discusión están echadas cuando los unos y los otros hablamos de democracia para estar en desacuerdo con su naturaleza, su ejercicio y su contenido. No tratándose de talibanes, la cosa es posible. Después de la última Cumbre de las Américas celebrada en Québec, Canadá, leí alrededor de seis artículos periodísticos –de los que llaman de fondo– en los cuales se contraponía la democracia representativa a la participativa, pretendiendo sugerir que Cuba es ejemplo de participación en un marco donde las demás naciones sólo hacen una mascarada de representación.
El polvorín macedonio USA globalizada Delante del toro |
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