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El Paraíso, si existe, debe de estar lejos, muy lejos de la Tierra; pero el Infierno, si existe y no está aquí, tiene sucursales en nuestro planeta. Una de ellas ha de ser el Afganistán de los extremistas talibanes. A partir del golpe de Estado de 1978, mediante el cual los comunistas interrumpieron violentamente el proceso de corte liberal que había comenzado, cinco años antes, con la proclamación de la República y la Constitución de 1977, ese escarpado y áspero país que ocupa 650.000 km2 del Asia Central, con una población que ronda los 17 millones de habitantes de diversos orígenes étnicos y credos religiosos, ha padecido una guerra civil permanente, primero entre marxistas y musulmanes (con una calamitosa irrupción del ejército soviético a favor de aquéllos y una masiva ayuda logística norteamericana a éstos) y, después, entre las facciones islámicas vencedoras. Para colmo de males, el país, semidestruido y azotado por hambrunas y epidemias, en 1996 cayó en las férreas manos del Talibán, secta islámica fanática y retrógrada, cuyo despotismo teocrático –que persigue la creación de un Estado canónico– ensombrece ahora mismo el 90% del territorio nacional, incluida la capital, Kabul. El otro 10%, al norte, se halla bajo el dominio de las milicias opositoras encabezadas por el general izquierdista Abdul Rashid Dostam, quien hace poco pidió, ante el Parlamento Europeo, una mayor implicación de Occidente en su lucha contra el feudo talibán. Fieles al mandato coránico que veta la reproducción de la figura humana, los talibán han prohibido la televisión y el cine y han retirado de los museos las piezas artísticas, religiosas y de valor histórico que contravienen dicho mandato. Estas piezas –esculturas, pinturas, cerámicas, etcétera–, de enorme significación cultural, muy estimadas por los expertos que las han estudiado, presumiblemente han corrido la misma suerte que los milenarios Budas gigantes de Bamiyan, los cuales –el hecho ocupó recientemente grandes espacios en la prensa de todo el mundo y constituyó un desafío a la comunidad internacional– fueron pulverizados con cargas de dinamita y a cañonazos en cumplimiento de una fatwa(orden islámica) dictada por Mohamed Omar, máximo jerarca espiritual del régimen afgano. Una fatwatan bárbara como la que conmina al asesinato del escritor Salman Rushdie, emitida por el ayatolá Jomeini (quien también ordenó el asesinato, en las cárceles iraníes, de centenares de presos políticos), sobre cuya tumba, en Teherán, Fidel Castro acaba de depositar flores.
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