Días atrás revisaba un libro de Nietzche en el que leí: "Lo cierto es que la verdad no se ha dejado conquistar y que los sistemas de toda especie ofrecen en la actualidad un aspecto lamentable y confuso, si puede llamarse aspecto a las formas que presentan; pues hay burlones que afirman que todos los sistemas se han derrumbado, se han venido a tierra o, lo que es peor, están en la agonía". Por actuales que parezcan estas afirmaciones, fueron escritas por el filosofo quince años antes de terminar el siglo XIX, en el prefacio de Más allá del bien y el mal. Ahora estamos en el primer año del nuevo milenio y las cosas en Europa, y también en el resto del mundo, siguen igual, apenas han cambiado. En el tozudo empeño por buscar la verdad –si es que ella existe– que acabe, por un lado, con las calamidades sufridas, y por otro, instale un mundo mejor, aún se arrastra un error, que no por viejo deja de ser el mismo de siempre. Y es que cuando, después de un largo y tortuoso camino, se cree por fin haber dado con ella, desde ese instante todo lo que no sea a imagen y semejanza del descubrimiento, o lo que es lo mismo, de la "verdad", se presenta como cosa falaz e intrascendente, incompleta y "cutre", tercermundista, del Sur, del Este, de Africa o del Oriente. Da lo mismo, porque son solo eufemismos para ocultar el valor inferior que le otorga Occidente.
Mientras tanto, aquellos que supuestamente han logrado conquistar la verdad, se creen, además, por esa misma razón, los únicos depositarios de un saber infalible y todopoderoso. Un saber amparado en la razón, pero que no entiende, sin embargo, otro modo de ver las cosas diferente al suyo. Andando por ese camino, la "verdad" dividió el mundo en dos, arrastrando a millones de personas a ambos lados. Reinventando –al tiempo que reinventaba a las personas– su propia ética y estética, y, por absurdo y pueril que parezca ahora, reinventando también su propia física y química, sus placeres y sus vicios, y hasta la moda y la forma de construir, de comer y de estar. Como era de esperar, las "verdades" de cada bando se acusaron mutuamente de estar erradas y puesto que, razonablemente, debe haber una y solo una, el diferendo terminó en enfrentamiento. Entiéndase carnicería insaciable, cremación y canibalismo generalizado, al parecer imprescindible para comprobar cuál de las dos era verdadera.
Triunfó una, se acabo la pluralidad, si es que así podía llamársele, y a poco parece peor el remedio que la enfermedad. Ahora la única verdad intangible es la del mercado, la única que, para bien o para mal, se ha vuelto dios omnipotente y omnipresente. A tono con los tiempos y parafraseando a Lenin, se podría decir que el mercado es el criterio valorativo de la verdad. Por lo que no queda otro remedio que ser pragmático y reconocer, en contra de lo que enseñaron en la escuela, que era más sabio Adams Smith que Karl Marx. Porque en palabras del diseñador y modisto Adolfo Domínguez: "El primero se basa en que el panadero no hace pan para dar de comer al hambriento, sino para ganar dinero, pero hace pan y la gente no pasa hambre". Esto es verdad, del mismo modo que el panadero, para sacar más dinero, prefiere destruir pan antes que bajar el precio, aunque la gente se muera de hambre. ¿Quién dice la verdad?
Mientras se averigua, no perdamos tiempo, hay que disfrutar la vida con lo que hay, porque la vida es una sola (esto sí es verdad). Así que salgamos de bar en bar, vayamos de compra a los mercados y a los sex-shop, démonos un gusto con la moda, aunque, como en todo, cada vez haya menos diferencia. Porque la verdad son las comidas y las bebidas, la marihuana, el cybersexo, o lo que es lo mismo, el sexo… ¿mediático?; el dolor, la música, los electrodomésticos, el olfato, la pantalla informática, los ojos, la casa, el hambre y el sonido, la fotografía rápida y las cámara lenta. Todo eso es real y no obstante, el crimen mayor, la mayor injusticia, sería tomarlo demasiado en serio, porque la verdad está en otra parte.