Lunes, 18 junio 2001 Cubaencuentro punto com
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Sin más curvas...
 
Papirriquis sin fronteras
LUIS MANUEL GARCíA, Sevilla  

No se trata de una nueva ONG sino de los papirriquis (y mamirriquis), preferiblemente (o presuntamente) con guaniquiqui, que buscan allende los mares el amor de su vida, para decirlo en la mejor retórica de boleros. Traducido al castellano de la Real Academia, me refiero a los cardúmenes de españoles(as) (primer lugar en el ranking amoroso de importación), italianos, canadienses, mexicanos, etc, todos con (as) final, que acuden al Caribe a la caza del mancebo o la doncella, cuya veda fue levantada hace ya algunos años.

La agencia Reuters nos informa que en el 2000 fueron concertados 2.573 matrimonios entre súbditos del rey Juan Carlos y súbditos de Fidel Castro. Son mayoría las damas criollas con pretendiente peninsular; pero el ejemplo de las famosas hispánicas ha puesto de moda al macho cubensis, cuyo average de casorios crece vertiginosamente.

Con mil bodas, Italia es el segundo destino del turismo matrimonial. Le siguen Francia con 187 y Gran Bretaña con unas cien. Será cosa del idioma. Ya se sabe que el amor es comunicación. ¿Estaremos en presencia de una nueva conquista, pero esta vez más cariñosa y en sentido opuesto? ¿Cuántos de estos matrimonios terminan en divorcio? El dato no se conoce.

El caso de Joaquín Pérez, citado por Reuters es ejemplar: a sus 71 años encontró en Cuba novia de 38. Amor y boda fulminantes –las flechas de Cupido son ahora turbo–, regreso al terruño y fin del partido por abandono cuando la muchacha partió sin decir a dónde, llevándose el coche con apenas 5.000 kilómetros de rodaje, aire acondicionado, ABS, llantas de aleación y elevalunas eléctricos. En su carta al consulado, se queja el abandonado: "Ella siempre me dijo que la diferencia de edad no importaba y que le gustaban los hombres maduros''. Don Joaquín es indulgente con la "madurez" de sus 71 años. Su carta, junto a la de otros (auto)engañados, como una suerte de contraindicaciones, destinadas a los presuntos, cuelga en la sala del consulado español, donde hacen cola las parejas para formalizar su amor sin fronteras. Algo francamente ridículo, por no decir patético.

Es cierto que la extroversión del cubano hace más fácil entablar una relación en la Isla que en las ciudades europeas, donde entre las prisas y esa cáscara impermeable que con frecuencia protege la identidad, el prójimo deja de ser próximo, y el otro subraya su otredad. El estado del bienestar proporciona confort, no compañía. Y la soledad es una dolencia que no cubre la Seguridad Social. Todo eso influye en que el turismo sexo-matrimonial vaya ganando incluso sus agencias de viajes especializadas, donde explican las técnicas para el ligue caribeño, los indicios para diferenciar una chica común –si usted va en plan serio– de una jinetera –si va en plan putañero–. Claro que es trágico. Tanto la situación de soltería forzosa en pueblos donde las muchachas emigran a la ciudad, mientras los varones se quedan en las labores del campo –Babilafuente, Arabayona y Cantalpino, cerca de Salamanca, han organizado incluso caravanas de solteros a la Isla–; como la de quienes necesitan cruzar la Mar Océana para toparse en persona con el sexo opuesto. Y la circunstancia de la Isla no puede ser más propicia: miseria, falta de expectativas, limitaciones migratorias y, sobre todo, la noción de que el statu quo no tiene intención de escampar en un futuro previsible. En definitiva, el altar es menos temerario que la balsa y por muy peligroso que sea el pretendiente, nunca lo será tanto como la Corriente del Golfo.

El sueño...

El sueño de muchas muchachas italianas o alemanas de la post guerra, era casarse con un soldadito norteamericano. Y Cuba vive la mayor post guerra sin guerra que se recuerda. "Aquí no estamos viviendo, sino durando", decía alguien, y para ello hay que echar mano de una picaresca de la supervivencia, en que la moral que no da de comer va siendo cada día más inmoral. Y en este caso, ayuda el hecho de que para el cubano, el matrimonio no es una institución sacrosanta, sino un status voluntario, eventual y reversible.

¿Son todos los matrimonios un pacto entre la voluntad migratoria y la ceguera voluntaria? En lo absoluto. Conozco parejas internacionales que llevan veinte (felices o apacibles) años de convivencia. Hay, y ha habido siempre, amores sin fronteras. Y bodas internacionales en que la seguridad material, un mínimo confort, suplantan al amor. También entre compatriotas, valga la aclaración. Pero sólo en circunstancias muy propicias, la globalización del himeneo alcanza el grado de epidemia.

Si la Cuba de hace veinte años era Territorio Libre de Prostitución, el incremento del turismo a mediados de los ochenta, junto a la expansión de una red comercial en dólares, favorecieron su reaparición. La causa, ya se sabe, es otra. Ya existe hoy un verdadero ecosistema en la prostitución cubana, poblado por especies diversas. Desde la jinetera patriótica, que trabaja en moneda nacional y suda la cintura en la base de la escala social, hasta la jinetera de áreas verdes, que opera exclusivamente en monedas exóticas, o la parajinetera, que combina el ejercicio de oficios muy diversos con la cabalgata ocasional. Se cubren todos los matices del espectro social y todas las tarifas. Incluso las no tarifadas: se trata de convencer al presunto de que lo mío es puro amor, papito (mamita). Puedo aceptarte un regalo, pero no me tarifo. Regresa y aquí me tienes, Francisco o María José o Pierre o Selma, esperándote como tu novia(o) fiel. Hasta que el incauto pica el cebo, paga la boda, el billete de avión y se trae su flamante nativa(o), que posiblemente lo abandone al cabo de tres meses o un año, una vez consolidada su posición en la vieja Europa.

De cualquier modo, nada de lo que escriba exorcizará mi tristeza por esas muchachas y muchachos que venden su juventud y parte de su alma. Aunque quizás sea que estoy envejeciendo y no acabo de enterarme que en la pragmática de los 2000, piel y músculos son mercancías tan honorables como cualquier otra, sujetas a las leyes del mercado.

Tristeza (mayor) por esos solterones sin otra opción que importar una dosis de amor. O por esos putófilos trasatlánticos, obligados a recorrer 10.000 kilómetros con una valija de bragas y jabones, para comprar lo que cualquier caníbal de Nueva Guinea: una ración de carne humana.


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