En 1961 Fidel Castro proclamaba el carácter socialista de Cuba y yo manifestaba en París, frente a la embajada de los EE UU, a favor de la amenazada revolución cubana. Poco después el agrónomo René Dumont le dijo sus verdades a Fidel y con eso se ganó la fama de ser agente de la CIA; perdí muy pronto mis ilusiones románticas en cuanto a mi admirado barbudo que prometía, en un principio, pan y libertad en una revolución humanista. Mientras se hallan en proceso de ascenso, las dictaduras viven del hecho de que aún no ha sido posible descifrar sus jeroglíficos. Hasta más tarde no encuentran su Champollion, el cual, ciertamente no restituye la antigua libertad, ha dicho Ernst Junger en La Emboscadura (1951).
Dumont, Franqui, Cabrera Infante fueron mi Champollion y me liberaron de la mala conciencia que no me permitía criticar a la "fiesta cubana". Hace más de treinta años que manifiesto públicamente mi desacuerdo y, por lo mismo, cada vez que los cubanos del exilio democrático proponen un texto a nuestra firma, a nosotros los mexicanos, lo hago sin la menor duda. Mi lema es "yanquis no", porque estoy decididamente en contra del embargo norteamericano que consolida y petrifica la dictadura de Castro; y "Cuba sí", porque sigo esperando la realización de las esperanzas de 1959, las de mi juventud, las de una revolución democrática, política, económica y social que fue confiscada por el castrismo. Fidel ha realizado la profecía de Rosa Luxemburgo en polémica con Lenin: la soberanía del pueblo la asume el partido único que supuestamente lo representa, luego el lugar del partido lo asume el comité central y finalmente el lugar de éste lo asume el máximo líder. No cabe duda que Fidel es un hombre excepcional, de los que exaltaba Carlyle, pero no tenemos que coronar al hombre excepcional que sabe que puede regir, más bien tenemos que coronar al hombre mucho menos excepcional que sabe que no puede regir, pero eso es posible solamente en la democracia que Fidel descalifica como burguesa.
El régimen que impera en Cuba no es un sistema comunista comparable al de la difunta URSS y por eso mismo ha sido capaz de sobrevivirle. Hay algo de cesarismo, de dictadura ejercida por un jefe cuya legitimidad descansa en haber logrado la victoria militar, en este caso, contra las fuerzas de Batista primero, en Playa Girón después y, más adelante, en las guerras africanas contra el ejército somalí y contra el ejército surafricano.