Hay una secuencia en Antes que anochezca –la película de Julian Schnabel basada en la autobiografía homónima de Reynaldo Arenas– que me parece clave a la hora de interpretar la historia que se cuenta y al personaje que la conduce. Arenas-Bardem sale del hospital enfermo de sida, aborda un auto de alquiler y recorre Nueva York mientras visualiza la insufrible, indeclinable degeneración de La Habana. Las imágenes se suceden, Nueva York es La Habana y nuevamente La Habana es Nueva York, pero la voz del protagonista se encarga de ponernos sobre aviso, de centrarnos en el objetivo a seguir: en la capital cubana todo está cerrado. Las tiendas cerradas, los cines cerrados, las farmacias cerradas; la propia vida, encerrándose a sí misma, languidece aguardando una apertura que nunca sobreviene. Hay carteles que explican, sí, el por qué de la situación en cada caso particular. Pero nada resulta creíble. Nada es. Todo excluye. Todo –menos el irreparable asombro de una nación que maquilla una y otra vez sus propias ruinas– ha muerto. Hasta la propia metáfora.
Por supuesto, el pasaje también ilustra el destino de un país y la inoperancia de todo un sistema. La bella isla, la isla de la utopía, de la libertad –paradójicamente así le llamó la izquierda en su momento–, no es más que una pesadilla tropical, un mal trago, una alucinación colectiva. Colectiva en cualquier lugar que no sea Cuba, pues allí la realidad es lo suficientemente persuasiva como para hacer que nos demos de cabezazos contra la pared, sea cual sea la pared que se levante ante nosotros. De cualquier manera, resulta curioso que un régimen, cuyo nacimiento estuvo tan íntimamente ligado al derrocamiento de una dictadura, haya degenerado al punto de convertirse en una réplica, mucho más desproporcionada y destructiva, de aquello a lo que derrocó. Y uno de los ejemplos más ilustrativos de esta política, o de esta metamorfosis, ha sido la represión contra los homosexuales. En momentos en que la izquierda internacional hacía causa con estos últimos, en una época en que llevar el pelo largo y el torso tatuado significaba –a escala mundial– una suerte de rebeldía contra el orden establecido, contra el capitalismo, en la Isla se pelaba al rape a los quinceañeros y se inauguraban campos de concentración donde recluir a quienes asumían, sin tapujos, su sexualidad o, sencillamente, escuchaban una música demasiado estridente o ininteligible. La metáfora de la cerrazón, la metáfora de Reinaldo Arenas, es el anillo en el dedo que se levanta acusador contra lo diferente. En el dedo que excluye.