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Apología de Reinaldo Arenas
NéSTOR DíAZ DE VILLEGAS, Los Ángeles Parte 1 / 2

Ya no se sabe nada. Vivimos tiempos de indeterminación, de ley no promulgada, de facto, pero no por ello menos efectiva: emana del tirano, del Príncipe, de una oscura instancia superior. Es como una Lotería de Visas, como la Lotería de Babilonia. Ya no representamos sino lo que el Gran dramaturgo —Sade en Charenton— quiere que representemos en la escena mundial.

La desmoralización de la prosa de Reinaldo Arenas corresponde a ese relajo generalizado, que viene a ser el estadio superior del choteo. Todo merece ser atacado, defecado. Ni el estilo, ni la escritura misma, se salvan: todo está condenado, todo está acabado. Es el acabose, nuestra idea del Apocalipsis. ¿O son los síntomas de una revolución permanente, fractal: nuestra “transvaloración de todos los valores”? El verdugo asume el discurso de sus víctimas y hasta las imita en una grotesca pantomima: la Revolución ahora incluye al Exilio y a la Contrarrevolución. El Exilio es parte de la maquinaria del Terror: la patrocina. Las viejitas costureras de Hialeah son las inocentes patrocinadoras de la dictadura. Inversamente, vemos desfilar ante nuestros ojos, sin asombrarnos mucho, al Fidel rockero, al Fidel hippie, al Fidel en sneakers, al Fidel en Ray Ban, al Fidel defensor de los Derechos Humanos, Fidel pater familiae, al Fidel disidente.

Reinaldo se inmoló, adquirió el virus (de la infidelidad, como señalara Echerri; y el otro); encarnó el Mal para probarlo, para demostrarlo. Asumió todos los excesos, todos los vicios de la prosa —si es que lo cubano puede hablar en prosa. Pobre iluso. Atrajo también sobre sí todas las enfermedades oportunistas de nuestra Weltanchauung.

Se dio aires de redentor. En su nota suicida asume vicariamente la redención de Cuba (“Cuba será libre, ya yo lo soy”), se echa encima a la Isla en peso. Los críticos podrán sentir toda clase de escrúpulos al frecuentar la obra de Reinaldo pero, detrás de cada párrafo muerto, detrás de cada insulto a las Bellas Letras, a la inteligencia misma, se ríe lo cubano y nos saca la lengua desde el espejo. Su obra es una mancha negra en la conciencia nacional y, aunque lo execramos en público, en secreto sentimos envidia de no poder llegar tan lejos como él, tan bajo como él, tan a fondo. Lo animaba una pasión sagrada, una santa ira: se parece a ratos a Jeremías y a Job; también a Moisés. Su Pentagonía aspira a ser un Pentateuco. ¿Concibió, como Lezama, un sistema onírico-teológico-político-filosófico-satírico?

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