Durante los últimos cuarenta años, el Gobierno cubano ha sostenido una singular relación con la oposición de izquierda en México. Hasta el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, Fidel Castro mantuvo excelentes vínculos con las sucesivas administraciones del PRI, las cuales apoyaban diplomáticamente a la Revolución cubana a cambio de que la Habana no fomentara guerrillas o movimientos subversivos en su territorio. Llegó a producirse, incluso, la paradoja de que durante los años 70, bajo las presidencias de Echeverría y López Portillo, los emblemas de la "solidaridad con Cuba" no sólo fueran patrimonio del Gobierno mexicano, sino también de las precarias guerrillas que subsistían en las selvas de Guerrero.
Este ambiguo entendimiento se quebró bajo la administración de Carlos Salinas de Gortari. En 1988, Fidel Castro asistió a la toma de posesión de Salinas, consciente de que aquel triunfo se debía a un fraude colosal en contra de su amigo Cuauhtemoc Cárdenas, hijo del célebre general que en 1961 se había ofrecido como voluntario para "pelear contra el imperialismo" en Playa Girón. Cárdenas, Muñoz Ledo y otros líderes del PRD eludieron cualquier declaración pública en contra de Castro y hasta simularon, durante varios años, mantener las mismas relaciones amistosas con la Habana. Sin embargo, nunca más los vínculos de Castro con la izquierda mexicana volverían a ser tan estrechos como en los años 80. Tres años después de aquella visita, Fidel regresó a México para asistir a la Cumbre Iberoamericana de Guadalajara, donde fue agasajado en exceso por el gobierno mexicano y hasta por el propio Salinas de Gortari. De esos dos encuentros surgió un proyecto de colaboración comercial que, hasta 1994, reportó a Cuba más de 400 mil millones de dólares anuales.
La relación entre Castro y Salinas desembocó, como se sabe, en una sólida amistad, basada en las inversiones del ex presidente en la isla. Las noticias de que Salinas, político aborrecido por la izquierda mexicana, residía entre Dublín y la Habana provocaron airadas reacciones entre los tradicionales partidarios del castrismo en México. A este malestar dentro de la oposición de izquierda se sumó el ostensible desagrado que Fidel Castro le causaba al nuevo presidente Ernesto Zedillo. Pero el Gobierno cubano, cada vez más lento para actuar eficazmente en el plano internacional, desaprovechó la coyuntura para restablecer sus vínculos con el PRD y, en lugar de ello, se limitó a unos leves e inútiles flirteos con el PAN. El resultado fue una desconexión entre el liderazgo del PRD y la Habana que se manifestó, sobre todo, en la última visita de Castro a México, durante la toma de posesión de Vicente Fox. Al único acto público en apoyo a Castro (una reunión en la alcaldía de México, a la que asistieron cerca de 1000 personas, 500 de las cuales eran miembros de la seguridad personal del Comandante), que se celebró durante los pocos días de aquella visita, no asistieron Cuauhtemoc Cárdenas, símbolo de la izquierda mexicana, ni Andrés Manuel López Obrador, el regente electo del Distrito Federal y posible candidato del PRD a las elecciones presidenciales del 2006.
El último capítulo de este desencuentro tuvo lugar hace apenas un mes cuando el Secretario de Relaciones Exteriores, Jorge Castañeda, nombró embajador en la Habana a Ricardo Pascoe, militante del PRD. El comité nacional de este partido, en reuniones extraordinarias, puso a discusión el tema de si un militante de izquierda podía aceptar cargos públicos de un gobierno de derecha. A pesar del empeño de Fox en componer un gabinete plural y de que la cancillería estuviera en manos de un intelectual de izquierda y antiguo colaborador de Cárdenas, como Castañeda, el liderazgo histórico del PRD se opuso a que Pascoe aceptara la embajada en Cuba. Especialmente, Cárdenas y López Obrador fueron tajantes: si un miembro del PRD quería formar parte del gobierno de Fox, antes debía renunciar a las filas de esa organización. Más allá del autoritarismo que demuestra la actitud de un partido que no admite pactos ni transacciones con otras fuerzas políticas en un contexto democrático, lo cierto es que los viejos y nuevos líderes del PRD ya no temen admitir que Cuba no es un símbolo de la izquierda democrática y que, por tanto, no constituye una prioridad en las relaciones internacionales de México. Más grave aún: esos políticos piensan que Cuba tampoco es una prioridad en la ideología, en la política, ni siquiera en la diplomacia de una oposición de izquierda latinoamericana.