Si comparamos lo que se entendía como democracia en los años anteriores a la Primera Guerra Mundial con los conceptos democráticos que comienzan a imponerse desde el fin de la Segunda, encontraremos enormes diferencias. La más importante, a mi juicio, es la forma como se establecen las relaciones del Estado con las minorías. Mientras que en las primeras décadas del XX la democracia era vista como una especie de dictadura de la mayoría, a partir de la segunda mitad de siglo comienza a verse como un espacio donde deciden las mayorías, pero donde también las minorías tienen garantizados sus derechos, aún a costa de la voluntad de esa mayoría decisiva.
Estos cambios se han producido gracias a la suma de acciones de individuos conscientes y organizados que han podido abrir nuevos espacios en el interior de los regímenes democráticos.
La democracia, cuando funciona, es, también y a la larga, el más práctico de los sistemas políticos, ya que su adaptación a los cambios que se producen en la sociedad hace innecesarios esos violentos y costosos cortes del orden social conocidos como revoluciones.
Además, lo que se consigue en democracia es siempre más perdurable que los "logros sociales" propiciados por otros sistemas políticos. Esto se debe a que se trata de un orden abierto, cuyos problemas se solucionan tras arduos debates donde los individuos pueden manifestarse y donde todas las opiniones son ventiladas públicamente. Cuando se llega a determinado pacto social, es porque la mayoría participativa ha asumido de forma más o menos consciente las consecuencias de dicho pacto.
En ese sentido, una de las lecciones más interesantes que se pueden extraer de la caída del Muro de Berlín es la fragilidad de los "logros sociales" impuestos. De alguna forma, en la antigua Yugoslavia y en la más antigua Unión Soviética se están dirimiendo actualmente temas que la Europa democrática comenzó a resolver después de la Primera Guerra Mundial.
Otro aspecto fundamental es la relación de yo con el Estado, que siempre debe ser activa y vigilante. Los demócratas no ven al Estado como el perfecto orden kantiano que rige nuestros destinos, sino como un mal necesario; como la contrapartida del individuo y en ningún caso como su realización social. En ese sentido, la democracia coincide con algunas de las premisas del marxismo teórico y del anarquismo —que, bien entendido, es la democracia total—, aunque las diferencias en el modus operandi son sustanciales y parten, nuevamente, de la relación del yo con el Estado. En el orden autoritario que preconiza el marxismo —aún el teórico— el Estado concede, da, regala. El orden preconizado por los anarquistas presupone una gran mayoría de individuos conscientes, educados y cívicos que son capaces de prescindir del Estado de un día para otro y alcanzar así la utopía.
El orden democrático no da ni presupone nada. Sólo permite que el individuo actúe y, mediante la suma de esas actuaciones, pueda conseguir, pueda lograr, pueda gratificarse a sí mismo, o equivocarse. Y esta es otra diferencia fundamental y que suele ser mal entendida. Mientras que las utopías suelen partir del concepto según el cual las mayorías siempre tienen la razón, en la democracia entendemos que la mayoría tiene el derecho a equivocarse, pero que hay que asumir esos errores en tanto representen la opinión de la mayoría. Al fin y al cabo, el camino para la rectificación está expedito, tanto para el individuo como para la suma de estos constituidos en sociedad.
Una vez leído lo anterior tengo el temor de haber presentado a la democracia como una especie de paraíso, como otra utopía más. Nada menos cierto. Las democracias realmente existentes tienen, también, problemas enormes en su interior. Para empezar, subsisten dentro de ellas valores predemocráticos, en la medida en que los individuos que la componen sustentan esos valores. Además, el capitalismo moderno —sistema económico en el que actualmente se sustenta la democracia y, a pesar de todo, el orden económico con mayores potencialidades de justicia— tiene muchos problemas que resolver, sobre todo en lo que se refiere a las relaciones internacionales y al reparto mundial de la riqueza. También ha resultado devastador para el medio ambiente, aunque no tanto como los regímenes autoritarios.
La diferencia estriba en que las conciencias de muchos yoes ha permitido que poco a poco nos estemos dando cuenta de la incompatibilidad de esas incongruencias con la verdadera democracia. Y su solución dependerá, también, de lo que usted y yo, como individuos conscientes y civilizados, seamos capaces de hacer.