Ser conservador o liberal, más que meras filiaciones partidarias, son, en mi opinión, verdaderas categorías estéticas a las que uno suele adscribirse en la niñez y a las que luego será fiel por el resto de la vida, aun cuando cambie de denominación y de partido.
Me descubrí un conservador mucho antes de conocer el significado político de esa palabra, en mis primeras lecturas sobre la Revolución Francesa y la era Napoleónica. Por puro instinto yo detesté siempre esa revolución —que entonces se nos proponía como el paradigma de la libertad y que ahora se tiene por el comienzo del estado totalitario— y me identifiqué con el pensamiento de sus contrafiguras: fundamentalmente, Edmund Burke, el político inglés que, con tanto tino, denunció la violencia revolucionaria en el Parlamento Británico, y el príncipe Klemenz de Metternich, el arquitecto de la Santa Alianza que, en los momentos en que el fervor revolucionario recorría Europa y Napoleón imponía su neodespotismo, soñaba con que el mundo volviera a ser lo que había sido en su juventud, y quien terminó por devolver a los borbones el trono de Francia.
A mí me conmovía este sueño. Me había tocado ser testigo de la revolución cubana, una de las más radicales de este siglo, que se impuso con el apoyo mayoritario de mis conciudadanos, y nunca me conformé con ella, con su "nuevo orden", con su estridencia y su mal gusto. Mi juicio era básicamente estético; pero también era lógico y ético. Aquella fealdad no podía ser ni verdadera ni buena. Yo amaba al ancien régime (no a Batista que fue una lamentable contingencia) que la revolución depuso: era visceralmente un conservador aunque no lo sabía.
Sin embargo, estos términos de conservador y liberal, como tantos otros, sufren extrañas mutaciones, y en la actualidad los vemos usados con sentidos que son casi lo opuesto de su origen.
Aquí en Estados Unidos, por ejemplo, los conservadores, o neoconservadores, como algunos suelen llamarlos, son en realidad los liberales del siglo XIX, los que están por el laissez faire en el terreno de la economía, con la sociedad librada a la iniciativa de los empresarios privados, con un gobierno pequeño y la práctica, a veces feroz, de un darwinismo social; es decir, una sociedad puramente competitiva donde sólo deben sobrevivir los más aptos.
Los llamados "liberales", por su parte, son los socialistas, o los socialdemócratas, que predican a un tiempo la intervención estatal y la libertad individual sin tasa, así como una igualdad social basada en el relativismo de todos los valores. La agenda de estos mal llamados liberales, se impuso en la vida política y social norteamericana con consecuencias desastrosas.