Alta e ínclita Patrona Caridad del Cobre:
Desde que los dos Hoyos y el Moreno te descubrieron, haciendo de boya en la Bahía de Nipe, en la Isla pasó una cosa rara con el sexo: como ya había una virgen, el resto dejó de serlo.
Y no quiero meter la cabeza en ese himen, que es cosa individual y muy de cada cual, que es como decir cada uno. Y cada uno y cada cual, o ambos los dos, son muy dueños de hacer como el avestruz –ese pollo de núcleo– y meter cabeza, tronco, extremidades y pechuga al horno, donde mejor le quepa la arepa. Donde no le dé el sol. O entre las piernas, que es de donde parecen surgir en este mundo las ideas más peludas y pilimpimpudas.
Yo me voy a lo otro: al chapoteo de Chapotín, que es un choteo con chapapote, y que me perdone aquel Juan Moreno, el negrito esclavo y cabezón que se empiraguó una mañana de 1608 con un par de aborígenes hermanos, a quienes tal vez por unas jetas inundadas de baches, producidos por un taíno acné juvenil, los zetaceos de armadura bautizaron en cristiano moderno como Juan y Rodrigo Hoyos.
Déjame completar la historieta, para que los chismosos que no estén enterados cojan tamaño de bola y vean por dónde va el trillo con mi venao:
Era una mañana de 1608. Una mañana como todas, pero un poco más taína, porque todavía se usaban los hatos, que no era una especie de calzoncillo, sino el inicio de esa institución alegre y social que en su posterior desarrollo fue llamándose Campos de reconcentración, Campos de concentración, Unidades Militares de Ayuda a la Producción y Escuelas Secundarias Básicas en El Campo. Una algazara constreñida inventada por Sebastián Ocampo, (de ahí la disyuntiva: ¿Ciudad Ocampo?), perfeccionada por Valeriano Weyler y ampliada luego, con divertidos toques de imaginación, por otro gallego.
Esa mañana de 1608 –que otros dicen 1604 y algunos con delirium tremens 1628– se estaba cocinando algo en el Hato de Barajagua (no confundir con Baraguá, que no fue un hato, sino un hito. Heto é así). Lo que se estaba cocinando era un gran caldero con sopa de jutía. La jutía estaba renuente a dejarse hervir, y, como la única manera de matarle los microbios y de paso sacarle la sustancia era ese procedimiento, el roedor, del que nadie especifica si era conga o carabalí –aunque yo me inclino a pensar en lo primero, porque los congos son más malditos, con esos ojos botaos–, quiso poner una regla para sumergirse en la olla: ya que se iba a buscar una salación, había que echarle sal.