Ebúrneo Salvador Golomón:
Estoy consciente que eso de ebúrneo suena picúo en cantidades industriales, y que tiene también su veta mariquita, pero el finolis Fontanills, cronista social, creó escuela en la prensa cubana. Fíjate que ahora, en Cuba, para estudiar periodismo, tienes que pasarte el primer año chapoleteando adjetivos todo el tiempo. Y de los autorizados. Que sabérselos casi todos es un arte, y a uno que yo me sé le privan. Tiene la almohada rellena de ellos, en vez de usar plumas, espuma de goma o miraguano.
Y como están las cosas, lo de ebúrneo me viene al pelo, que un broncíneo remite al Titán vía pitagórica, con esa semejanza de prieto con machete, que ya parece un lugar tan común que hasta Silvio lo coló en El Mayor. Y en la mayoría de las actas policiales se usa mucho también, pero teniendo en cuenta el nivel mental de sus redactores, la metáfora no califica ni para taller literario en Camajuaní. Sería peor que me refiriera a ti hablando de “la color quebrada”, o esa bobería de que eras “de color”, porque el símil más a mano es color teléfono, y no le pongo marca. También me sabe hipócrita lo de “raza sufrida”. Y “pardo” me suena a apellido. Tampoco cuela “oscuro, carmelita, nocturno o marrón”. Ahora que estoy en España, y que el lenguaje es más atrasado, “llevarse un marrón” es otra cosa, es decir, no es cargar con un liberto o un esclavo de color quebrada a ningún sitio, sino tener una decepción. Y peor es comerse ese mismo marrón, que no se sabe si lleva antropofagia o pajarería. Por eso se inventaron términos como moreno, morenazo y ebúrneo. Ya si se me sale un hotentote, más que apodo, es un insulto por la cara, y teniendo en cuenta lo que le hiciste al miserable Gilberto Girón, me cuido de la calificación, que si te calientas me arrancas hasta la foto del pasaporte, con lo que me ha costado para alejarme de aquellas playas de Bayamo de tus gloriosas hazañas.
Claro, que en otra época también se hubiera dicho nubio, a lo Fontanills, en vez de negrazo, pero el Silvestre de Balboa este, que era también Troya y Quesada, vivía en el Camagüey, que entonces se llamaba Puerto Príncipe, y con tanto apellido padecía de personalidad múltiple y no se enteraba de los avances del idioma. Para rematar, nuestro primer cronista era canario, que entre el gofio, la folía y el arrastre de ganado, menudo descoque se arma y no alcanza para componer una égloga.