Medicinal Carlos J. Finlay:
Desde que era chiquito, lo que yo más le admiraba era la vista que tenía. Pero ni con esa vista se puede usted imaginar ahora, a esta altura del mundo, que todavía hay gente pensando que usted fue el que inventó el mosquito ese que jeringa cantidad.
Claro, usted no está enterado de nada de esto. Y la gente tiene su razón también. A su manera, pero hay que ser justos por pescadores. Como muchas personas piensan que usted inventó el mosquito, y otro inventor de su gremio, pero más desaguacatado, o sea más a lo bestia, puso a un montón de tipos con uniforme gris a ir casa por casa buscando al puñetero bicho, la gente le echa la culpa directamente a usted. Y otras veces le echa la culpa también a Salvador Wood, que salió en la televisión disfrazado de usted, y como la gente lo que quiere es un culpable, pues él también coge su ramalazo bobo.
Porque mire, vamos a suponer que uno está durmiendo la mona, porque anoche tuvo una inteligente discusión de trabajo con unos amigos, y se sopló unos buches de azuquín de más. Bueno, entonces uno está descansando de esa sabia discusión y le tocan a la puerta, y son esos vestidos de gris, que vienen a abrirle huecos a todas las laticas que hay en la casa, hasta la de bañarse. O quieren revisar cualquier depósito de agua, y "echar unos polvitos ahí". Pues uno se pone bravo, ¿no? Y en quien primero se piensa es en usted. Porque bajito, bien pa dentro, se dice: "me c
en el viejo ese que inventó el mosquito".
Ya sé que es una injusticia, y que no pueden siempre pagar justos por pescadores, pero es así, y qué se le va a hacer. Aunque también le voy a decir que, por muy enterado que se sea, viviendo en ese país en que uno vivió, que lleguen un par de comebolas a las nueve de la mañana "a echar un polvito ahí", que no se sabe si es cascarilla o bilongo
hay que pensarlo tres veces, me oye. Y eso de revisar "todos los receptáculos de agua", y a donde primero van es al inodoro, a enterarse qué comió uno anoche, con el misterio con que se resuelven las cosas coloradas de muchas patas, también le zumba. Como al mosquito.
Pero la mayoría de la gente no, dóctor. La mayoría sabe que usted lo que hizo fue "descubrir" al mosquito. En el lenguaje de ahora sería "identificar al agente transmisor". Y en eso un amigo mío, que tiene su guapería y su código, cuando oyó que usted había "identificado al agente", lo tildó de chivato, porque él —hay que perdonarlo también— padece de un color que lo lleva a tener esa visión del mundo. Y claro, como usted se quedó en el zumbido de hace años y no sabe lo que ha sucedido después, pasarse el día identificando "agentes transmisores" llega a enfermar a cualquiera. Y más con la fiebre que cogió mucha gente con todo tipo de "agentes". Y ya la guayaba suprema fue llegar a partirle las patas y hacerle un engome a todo el que transmitía algo. Pero vamos al grano, o en el caso suyo, a la picadura, que no es un valle ni una manera de pedir un cigarro.
En ese mismo grupo de ignorantes, hay también quien se desayuna pensando que usted lo que inventó fue la fiebre amarilla. Chúpese esa. Porque hay que tener mal gusto para inventar un color así, y con fiebre y todo. Y mire que ha llovido sobre Manacas. Pero hay gente de piñón fijo, que ni con aceite El Cocinero, el que falleció, se engrasa la mollera, y nunca se enteraron que usted, con esa vista larga y buena está desde 1881 tirándole puyas al stegonya fasciata, el mosquito de las ciudades, que usted le puso el apodo de culex. Por supuesto que el fasciata ese, para la desbordante imaginación de mi pitén suena a malo de a calle. Lo del culex, ya no, fíjese, porque un buen culex, siempre tiene su utilidad —digo yo— y a eso también le zumba.