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"¡Chicaaaas!", exclamó Meliá de Triana desde la atalaya de la carabela. En la playa un grupo de jinetaínas gritó al unísono: "¡Turistaaaas!". Nunca se supo quién descubrió a quién. Los taxis-canoas navegaron hasta el navío para recoger a los turipepes. A media distancia entre el velero y la costa, donde las aguas dejaban ver el fondo a diez brazas, un español ataviado con su armadura de hierro quiso pagar el servicio con un cascabel. La tradicional hospitalidad aborigen no se hizo esperar: "Qué pasa gallego? Aquí la cosa es con fula, y si no… ¡pa'l agua!". Una vez en la arena, los ibéricos se relacionaron con las jinetaínas más fermosas que ojos humanos vieron, y con los behiques por cuenta propia: –¡Tu casabe aquí, calentico aquí! –¡Vayaaaa! Vasijas made in Cubanacán… ¡Vayaaaa! Y a unas varas de la Mar Océana, en un bohío con mostrador, veíase a un taíno junto a un cartel que decía: "Se vende chicha bien fría". Alguien gritó: "¡Mabuyaaaa!". Los europeos quedaron asombrados. Instantáneamente desaparecieron las jinetaínas, los behiques por cuenta propia y hasta el bohío y el mostrador. De la profusa vegetación brotó un cacique escoltado por una docena de caribes con walkie-talkies, seguidos por un grupo de siboneyes que señalaban al jefe mientras coreaban: "¡Esta playa es de él! ¡Esta playa es de él! ¡Esta playa es de él!" Hasta que, gracias al Gran Semí o a Santiago de Compostela, vaya usted a saber, el cacique hizo un gesto y los siboneyes se callaron.
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