| El ensayo de otra guerra mundial |
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| ¿Será el conflicto palestino-israelí la escaramuza preliminar de un enfrentamiento devastador entre el Islam y Occidente? |
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| por VICENTE ECHERRI, Nueva York |
Parte 2 / 3 |
Por supuesto, el territorio que los ingleses le otorgaron finalmente a los judíos, en 1948, no estaba vacío. En él habían vivido árabes conquistadores, turcos y beduinos islamitas durante muchos siglos, para quienes, como buenos herederos del judaísmo, Palestina era también tierra santa, tan santa que Mahoma había subido al cielo —en un caballo blanco— desde Jerusalén.
Desde lejos, a muchos les parece sencilla la idea de la coexistencia pacífica de israelíes y palestinos como dos Estados limítrofes: la lógica más serena nos dice que ni los judíos podrán lanzar a los palestinos al desierto, ni éstos a los judíos al mar, como proponen los más extremistas de ambos bandos; que la coexistencia es un imperativo de la supervivencia y que ambas naciones están llamadas a convivir en esa tierra, sagrada para tres religiones.
Sin embargo, la dificultad se hace mayor si se tiene en cuenta que no sólo se trata de convivencia, sino de cohabitación. Es decir, que amén de la separación territorial que mañana judíos y árabes se comprometan a respetar, la distancia aséptica a que muchos aspiran no es posible. Pese a la violencia de las últimas semanas, Israel sigue siendo la esperanza de sustento de miles de palestinos que trabajan en ese país, o se ganan la vida negociando con los israelíes; amén de la nutrida población palestina que vive, labora y vota dentro de las fronteras de Israel. Asimismo, los asentamientos judíos dentro de Cisjordania, que ha sido uno de los puntos de mayor fricción en este diferendo, podrían congelarse y reducirse como resultado de las negociaciones, pero es muy difícil imaginar que algún Gobierno israelí —de derecha o izquierda— consienta en su total desmantelamiento. Ambas naciones tendrán que acomodarse a vivir con grandes poblaciones de la otra dentro de su propio seno.
La muestra de un conflicto mayor
Luego de los atentados del 11 de septiembre, las autoridades norteamericanas, los gobiernos de Europa Occidental y los líderes religiosos cristianos se esforzaron por disculpar al Islam y a su libro sagrado, el Corán, de cualquier responsabilidad en el terrorismo. Objetivamente —no se cansaban de repetir— el Islam es una religión buena y moral a la que no puede juzgarse por un puñado de fanáticos que han querido secuestrarla y deformarla. Durante la guerra de Afganistán, norteamericanos y europeos se han empeñado en distinguir entre la religión que practican 1200 millones de personas y los que calificaban de marginales extremistas.
Sólo algunos comentaristas se atrevieron a decir lo que muchos pensaban y que, además, resultaba obvio: el Islam —por la propia naturaleza simple y absolutista de su visión del mundo; por la inextricable relación que establece, o aspira a establecer, entre los principios de su fe y las leyes de la sociedad organizada; y como un resultado del desmedido crecimiento de la militancia ortodoxa en algunos países islámicos— es una peligrosísima ideología de poder. En otras palabras, una cosmovisión que se opone necesariamente a la expansión de Occidente, a eso que conocemos abreviadamente por globalización.

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