| El diálogo y el griterío |
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| Latinoamérica parece hastiada de un Fidel Castro vociferante, aferrado a la 'diplomacia' del enfrentamiento, y pudiera demostrarlo en Ginebra. |
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| por MICHEL JUáREZ, Valencia |
Parte 2 / 2 |
Perú está hablando de un "consenso latinoamericano para buscar soluciones en Cuba, no de una condena puramente formal", aunque ya, ipso facto, ha recibido respuestas negativas por parte de la dictadura cubana y descalificaciones de todo tipo.
Ninguna otra resolución anterior —tanto las patrocinadas por EE UU como por la República Checa— había manejado un tono tan moderado y exhortativo. Viniendo de una nación latinoamericana, se justifica parcialmente el cambio de táctica sobre el asunto, puesto que jamás funcionaron posiciones de fuerza en las relaciones con Castro.
Excesos de poder y atrincheramientos políticos han demostrado a cada instante la terquedad del tirano, mediatizada también por la tradicional actuación irregular de América Latina en este campo y el inmoral y ciego apoyo de los bloques africano y asiático.
Aunque, a decir verdad, ningún cambio de tono —sea desde la moderación verbal o el diálogo sin presiones— obtendrá resultados a corto plazo en Cuba. Y si no preguntémosle a Jean Chretien, primer ministro de Canadá, por el final de su inútil política de "compromiso constructivo" hacia la Isla. Ya se sabe que "funcionó" hasta que tomaron partido por la inobjetable verdad, y desde entonces Castro interrumpió abruptamente su "romance canadiense".
Igualmente sucede con México y Brasil, países que se hacen de la "vista gorda" en el asunto, presuntamente para evitar confrontaciones profundas con el dictador. Para ellos, poco importa si existe o no libertad de expresión, o presos de conciencia; lo que ha pesado, en ambos casos, es la conveniencia política o la falsa neutralidad solidaria, que va en detrimento del pueblo cubano.
Pero, como se dice en la jerga musical antillana, "nadie se salva de la rumba" cuando de disentir de Castro se trata. Mientras Latinoamérica baja el tono, concilia ideas desde el diálogo respetuoso y evita pronunciarse en términos de condena, el Gobierno cubano utiliza en la prensa oficialista calificativos como "servilismo", "confabulación" y "engendro contra Cuba", siempre con el fantasma de EE UU detrás de cada hecho.
La nueva posición subcontinental, sin embargo, supondrá otra ventana abierta para que el mundo comprenda que el único problema de Castro es oponerse —de oficio— a cualquier planteamiento que abra una brecha hacia la libertad de expresión en Cuba. Jamás el régimen renunciará a la aplicación rigurosa del "corderismo", base, sin duda alguna, del actual estado de cosas. ¿Derechos civiles o poder fidelista? La respuesta es obvia.
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