| Una farsa bien montada |
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| Comenzó la cacería de brujas en las Fuerzas Armadas Nacionales de Venezuela. |
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| por MIGUEL RIVERO, Lisboa |
Parte 1 / 2 |
No ha sido necesario esperar mucho tiempo para que se ponga en evidencia que el "derrocamiento" del presidente venezolano Hugo Chávez tiene todas las características de una farsa bien montada.
El ex paracaidista, que aterrizó en un helicóptero en el Palacio de Miraflores prometiendo que no habría una cacería de brujas, cumplió la promesa a su manera: la primera batida es contra oficiales del alto mando de las Fuerzas Armadas Nacionales (FAN).
Ya Chávez nombró a un nuevo Jefe del Ejército, Julio García Montoya, y fue anunciado que decenas de generales y almirantes serán sometidos a juicios militares.
El principal objetivo de la obra de teatro del 11 de abril fue cumplido: sacar a la superficie a los opositores dentro del alto mando, para después proceder a la limpieza. El papel que jugó en ello el general Lucas Rincón Romero, inspector general de las FAN, fue significativo.
Fue Rincón quien apareció ante la prensa para anunciar al país que los militares le habían pedido la renuncia a Chávez y que éste había aceptado.
Ahora, después de disfrutar de unos días de descanso en el Fuerte Tiuna (quizá nunca estuvo allí), y en una isla del Caribe, Chávez ofrece la versión de que Rincón estuvo "confundido", pero que siempre ha sido leal al gobierno y lo ratificó en su cargo.
Evidentemente, el papel de Rincón fue el de apaciguar los ánimos de aquella gigantesca manifestación pacífica que se dirigió al Palacio Presidencial y fue tiroteada por seguidores de Chávez.
El anuncio de que el presidente había sido trasladado al fuerte Tiuna, en las afueras de Caracas, brindaba todas las posibilidades para que los seguidores de los Círculos Bolivarianos se organizaran, exigiendo que regresase al poder. A partir de ahí, no resultaba difícil para los militares justificar que tampoco podían "reprimir" a aquel sector de la población.
La farsa es aún más evidente desde el momento que la Guardia Presidencial (un equipo pretoriano de unos 2000 efectivos, armados hasta los dientes) nunca abandonó el Palacio de Miraflores. Se quedaron allí, para devolver "a Chávez lo que es de Chávez".

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