| El diálogo y el griterío |
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| Latinoamérica parece hastiada de un Fidel Castro vociferante, aferrado a la 'diplomacia' del enfrentamiento, y pudiera demostrarlo en Ginebra. |
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| por MICHEL JUáREZ, Valencia |
Parte 1 / 2 |
¿Será definitivamente el 2002 un año de despegue en la posición de Latinoamérica con respecto al régimen cubano? ¿Están dadas las condiciones para que Ginebra se convierta en un nuevo Punta del Este?
Resulta difícil la respuesta certera en términos de análisis pre-votación. En la 58 Comisión de Derechos Humanos de Ginebra, además de los intereses políticos, económicos e ideológicos, apenas queda tiempo para examinar la letra (muerta) de las resoluciones a debate.
Después del reinado de América Latina en los titulares de la prensa mundial —en los últimos 10 días—, se vuelve extremadamente arriesgado emitir un pronóstico serio. El autogolpe de Chávez en Venezuela —que no sólo ratifica el voto cómplice a favor de Castro, sino el inicio de una era represiva sin precedentes—, las deliberaciones del Grupo de Río, la tragedia de los colombianos y la vergonzosa actitud de parlamentarios mexicanos, guatemaltecos y peruanos en contra de la determinación de sus gobiernos en Ginebra, dominan los ánimos de la región.
El ambiente se muestra indudablemente caldeado y no es pura coincidencia que alrededor de 10 países del subcontinente hayan alcanzado un acuerdo para copatrocinar la resolución sobre la situación de los derechos humanos en la Isla. Nunca antes, desde la preclara Reunión de Cancilleres de Punta del Este, en 1962 —donde se excluyó a Cuba de la Organización de Estados Americanos (OEA)—, hubo tal consenso en esta parte del mundo en relación con la actuación del régimen de Fidel Castro.
Precisamente en ese encuentro de Uruguay, a solicitud de Colombia, la OEA determinó que el rumbo de la revolución cubana era incompatible con los destinos democráticos del área, acuerdo que fue suscrito por 14 naciones, seis se abstuvieron (entre ellas Brasil y Ecuador) y el inconmovible México votó en contra.
A partir de ese momento se sucedieron una tras otra las rupturas diplomáticas y comerciales con el régimen de La Habana, que luego, en un contexto marcado por el olvido, la ausencia de compromiso real con el pueblo cubano y la debilidad democrática de América Latina, volvieron a su normalización desde finales de los 70 hasta la mismísima década de los 90.
Sin embargo, progresivamente, las gotas han ido colmando las copas, y Latinoamérica parece decidida a enrolarse directamente en los problemas de Cuba desde una nueva posición donde la palabra exclusión es cada vez más caduca. Desde un nuevo concepto de "solidaridad y reflexión" que no permita que ciertos gobiernos violen los derechos humanos "bajo el argumento de la soberanía nacional", según ha dicho el presidente peruano Alejandro Toledo.

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