Lunes, 01 octubre 2001 Año II. Edición 203 IMAGENES PORTADA
Internacional
La fuerza contra la fuerza de la fe

Bush envía cien aviones de combate al Golfo Pérsico para enfrentar a un ejército de hombres que sólo aspiran a ser mártires.
por REDACCIóN ENCUENTRO  
Pilotos
Golfo Pérsico. Pilotos norteamericanos a bordo del
portaviones Enterprise

La decisión del Gobierno de los EE. UU. de atacar Afganistán, se entregue o no a Bin Laden, podría desatar la ira de los ulemas afganos. Según el Gobierno norteamericano, no es momento de negociar, sino de actuar.

Pero el millar de doctores de la ley islámica, que lleva ya tres días de deliberaciones, exige pruebas a Washington de que el principal sospechoso de los atentados del día 11 sea el verdadero culpable.

Aunque, en principio, parecía que los eruditos estarían dispuestos a negociar la entrega de Bin Laden, la respuesta de los líderes religiosos podría ser la declaración formal de la guerra santa.

El código ético del Islam rechaza y considera un delito la entrega de un huésped. La decisión deberá gozar, pues, de un consenso mayoritario que garantice que la responsabilidad de este arbitraje esté bien repartida. Mientras los ulemas deliberan, los talibanes ven debilitado su poder con la estampida de los afganos y la alineación de medio mundo a favor de EE. UU.

La alianza opositora del norte, cuyo líder fue asesinado dos días antes de la masacre de Nueva York, podría aprovecharse de esta situación e intentar reconquistar Kabul, sobre todo si contara con algún respaldo logístico de Occidente.

El Gobierno norteamericano ha echado andar la maquinaria de guerra, desplegando más de cien aviones de combate en sus bases militares del Golfo Pérsico. La operación lleva el nombre de Justicia Infinita. Los misiles apuntan hacia Afganistán, aunque oficialmente no se ha declarado un objetivo específico.

El Gobierno de Pakistán ha pedido a su pueblo que acepte colaborar con los estadounidenses. Hizo un llamado a la unidad y expresó que no tenía más opción que colaborar con los americanos en contra de Afganistán. Partidos políticos y religiosos se opusieron a este discurso y decidieron que acatarían el llamado a la guerra santa. El mandatario pakistaní, Pervez Musharraf, ha cedido el espacio aéreo de su país a EE. UU. a pesar del riesgo de que los fundamentalistas afganos refugiados en ese país y los propios integristas nacionales desaten una rebelión islámica.

Inesperadamente Irán, que no mantiene relaciones con EE. UU. desde 1979, pidió un severo castigo para los instigadores de la violencia en Manhattan.

Entretanto, se ha impuesto un alto al fuego entre israelíes y palestinos. Ahora, EE. UU. precisa de la fuerza militar y de los servicios de inteligencia de Israel. Europa intenta convencer a Arafat para que garantice la tregua y engrose las filas de Occidente.

La ONU estructura planes emergentes de ayuda a los refugiados afganos, que huyen a mansalva. Decenas de miles de personas abandonan las principales ciudades del país a la busca de alguna clase de protección. Así las cosas, los polos opuestos continúan atrayéndose: Estados Unidos llama a una ofensiva internacional contra el terrorismo; el radicalismo islámico, a la Guerra Santa.


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