| Integrismo, fanatismo y nuevo orden |
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| La generalización puede convertir el actual conflicto en una guerra entre dos formas de ver el mundo. |
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| por JOAQUíN ORDOQUI GARCíA |
Parte 1 / 3 |
Con motivo de la agresión a los Estados Unidos, hemos escuchado y leído decenas (acaso cientos) de veces el sustantivo integrismo asociado al adjetivo islámico. Tan pertinaz asociación, aunque justificada, puede llevarnos a una identificación, lo cual, además de falso, es muy peligroso. Por ello, creo que puede resultar útil recordar el verdadero significado de estos términos y las reiteradas manifestaciones de uno de ellos en la conducta humana.
La palabra integrismo define una actitud ante un conjunto de ideas (religiosas, filosóficas o políticas) según la cual dichas ideas deben permanecer inalterables, no deben ser revisadas y, por tanto, su vigencia no depende de otros conocimientos posteriores a su exposición. Es decir, deben ser asumidas integramente.
Como parece evidente, el integrismo está condicionado por el fanatismo, que consiste en la asunción de algo de forma incondicional e irracional. Un "algo" que puede ser una religión, una filosofía o un club de fútbol.
Ahora bien, tanto el integrismo como el fanatismo son profundamente humanos y aparecen, de una u otra forma, en casi todas las culturas y épocas, empezando por los propios Estados Unidos contemporáneos, donde no sólo pululan las religiones integristas y fanáticas, como los Testigos de Jehová, que dejan morir a sus hijos antes de permiterles una transfusión de sangre, sino donde, además, hay estados en los que no se enseña la teoría evolutiva de Darwin por considerarla una revisión del Viejo Testamento. La persistencia de la frase "En dios creemos" en los billetes norteamericanos es significativa, como lo es que los expresidentes de los Estados Unidos hayan escogido una catedral, es decir, un espacio religioso y no laico, para mostrar su unidad ante lo ocurrido.
Aunque el integrismo encuentra en las religiones organizadas (no en la religiosidad, que es otra cosa) un magnífico caldo de cultivo, también puede ser ateo o laico, como lo han demostrado ampliamente el nazismo y el comunismo.
Está muy de moda afirmar que los conflictos de la antigua Yugoslavia, de Irlanda o de Palestina no son religiosos, sino que se disfrazan de tales. Aunque es cierto que esos conflictos están condicionados por factores de diferente índole, no es real eliminar tan festinadamente la base religiosa que los dota de símbolos por los cuales se mata o se muere. Parte de la realidad es el imago con que la interpretamos o asumimos.

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