| Reflexión entre escombros |
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| Abundan quienes, tras un guiño piadoso a las víctimas, aprovechan los atentados para dar rienda suelta a sus frustraciones ideológicas. |
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| por MANUEL DíAZ MARTíNEZ |
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Aunque la norma en Occidente, ante los atentados del 11 de septiembre en Nueva York y Washington, es la de condenar sin cortapisas el terrorismo, y aun aprestarse a enfrentarlo, no faltan, en esta parte del mundo, quienes pretenden justificar de alguna manera el macabro golpe recibido por la potencia capitalista más desarrollada del planeta. Son los que, luego de camuflar sus verdaderos sentimientos con algún guiño piadoso dedicado a las víctimas, no demoran en echar mano a la historia y a conflictos actuales para demonizar a Estados Unidos y concluir, con abyecto y mal disimulado triunfalismo, que al fin los norteamericanos han sentido en su propia carne, y dentro de su hasta ahora inviolado territorio (se olvida la incursión de Pancho Villa a Nuevo México en 1916), el sufrimiento que por su culpa han experimentado o experimentan otros pueblos.
Ante los millares de ciudadanos asesinados en la macabra mañana del 11 de septiembre por esa mezcla siniestra de fanatismo religioso, revanchismo populista y odio étnico, dedicarse a hacer balances históricos y evaluaciones políticas para medir la condena a ese acto de barbarie absoluta es de una mezquindad espiritual repulsiva y, desde luego, peligrosa, frente a la cual lo mejor que podemos hacer es ponernos en guardia. Que quienes han vuelto a condenar, recientemente, el genocidio de Hiroshima y Nagasaki, sin tomar para nada en cuenta, como debe ser, las crueldades cometidas por el ejército japonés en la Segunda Guerra Mundial, estén ahora, a partir de sus reproches —justos o no— a Estados Unidos, intentando hallarle algo positivo o una atenuante al delito de lesa humanidad cometido el 11 de septiembre se explica por frustraciones ideológicas muy profundas y por esa fobia antinorteamericana que bien conocemos, tan aberrante que impide ver, a quienes la padecen, entre otras cosas trascendentes, que el gran enemigo universal de la vida, las libertades y la prosperidad de los ciudadanos del siglo XXI es el terrorismo organizado, financiado o simplemente consentido por algunos Gobiernos, más letal, en todos los sentidos, que las mafias tradicionales y los cárteles de la droga.
Si infunden pavor ciertas escuelas palestinas donde se imparte instrucción militar y adoctrinamiento político y religioso a niños y adolescentes reclutados para morir como bombas humanas en Israel, más estremecedor y pavoroso aún es contemplar cómo sus padres, amigos y vecinos celebran la inmolación de estas criaturas cuando se destripan con una carga de explosivo llevándose por delante a unos cuantos hebreos, no importa si son militares o chicos como ellos. La conjunción de fanatismo religioso y rencor nacionalista crea al terrorista más eficaz: el kamikaze.
Por más razones históricas que legitimen la rebeldía de una comunidad, la razón humana —al menos dentro el ámbito cultural del humanismo democrático en que vivimos en este hemisferio— no puede cohonestar, en ningún caso ni en ninguna medida, el genocidio, el crimen de guerra, la tortura, el abuso contra la dignidad de las personas y el terrorismo en cualquiera de sus grados y matices. Si queremos seguir avanzando por los caminos de la civilización —una civilización que, ciertamente, debe incluir a todos los que compartimos el planeta—, no se puede aceptar que los "ofendidos" de la tierra, sean tirios o troyanos, empleen sus "turnos" de desquite en masacrar inocentes o en sumir ciudades en el caos. No siempre los fines justifican los medios.
Quizás ha comenzado, como se ha dicho, la primera guerra del milenio. No lo sé. Lo que tengo claro en estos momentos, a la vista de los escombros de las torres gemelas de Manhattan, es que, en nuestros días, el terrorismo se ha convertido en una mala costumbre en auge que le ha cogido la delantera de la globalización al mercado. Veo el terrorismo como un monstruo gelatinoso que se reproduce incesantemente mientras se alimenta de múltiples intolerancias y de insatisfacciones populares. Contra él no creo que valgan de mucho portaaviones y misiles, que pueden complicar las cosas. Más vale una sensata y activa colaboración de inteligencia entre los Estados democráticos. Pero en el combate contra esta fría bestia multicéfala sólo se obtendrá el triunfo si se encuentran soluciones para los conflictos que la generan y nutren. Y hay que empezar por imponer una paz justa en el Oriente Próximo, tarea menos ardua y costosa que la de bombardear países.

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