| Estupor e indignación en La Gran Manzana |
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| Tras el desconcierto, Nueva York se afana en el rescate de posibles sobrevivientes. |
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| por REDACCIóN ENCUENTRO |
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La ciudad de Nueva York contempla desconcertada el fatídico tránsito de los ferries que transportan a los muertos por el río Hudson. Los cadáveres rescatados se acumulan en los depósitos, mientras cifras indeterminadas de ellos yacen aún bajo los escombros. Se deduce que no habrá un cálculo objetivo de las pérdidas humanas hasta pasadas dos o tres semanas. El balance inicial es de 200 bomberos y 85 policías desaparecidos tras la caída de los edificios, y el total de víctimas en los aviones secuestrados asciende a 266.
El estrés de la vida cotidiana de la ciudad ha sido sustituido por el de los miembros de los servicios de rescate, que llevan ya 48 horas viviendo el horror de primera mano.
La Guardia Nacional, los bomberos y los equipos médicos siguen removiendo montañas de polvo, piedra y cristales en lo que alguna vez fuera el corazón comercial de Manhattan.
"Es una carnicería" ha dicho llorando un bombero, entre los cuerpos mutilados de las víctimas; "Es como el paisaje después de una batalla... No puedo describirlo".
Se ha confirmado la muerte de más de 500 personas y se espera que el volumen de estas cifras aumente dramáticamente. En el Pentágano, aunque los informes han sido muy discretos, se estima que los muertos pudieran llegar a mil. Pero, felizmente, unas 10 400 figuran ya en la lista de supervivientes de la catástrofe.
Nueve personas, entre policías y bomberos, han sido rescatados con vida gracias a que lograron comunicarse por sus teléfonos móviles. Muchos ciudadanos afirman que han recibido llamadas de amigos y familiares que aún se encuentran con vida entre los escombros.
En la noche del martes murieron siete personas que habían logrado ser asistidas por los cuerpos médicos. Los hospitales de Nueva York acogen por el momento a unas 1 400 víctimas del fuego. "Llegan carbonizados... el sufrimiento es horrible", comentó un médico.
Las labores de salvamento continúan. Un ejército de hombres trabaja día y noche sobre las ruinas. El espectáculo es pavoroso y muchos de los miembros de los cuerpos de rescate no pueden resistir la devastadora visión de fragmentos humanos imposibles de identificar.
A pesar de tantos esfuerzos, cada vez más se abandona la esperanza de encontrar supervivientes atrapados por el derrumbe de los edificios. Mientras, la ciudadanía va comprendiendo la magnitud de la tragedia, y va pasando del estupor a la indignación.

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