| Tras la masacre de Manhattan |
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| La historia horas después: políticos, jefes de Estado y otras personalidades reaccionan ante el 'demonio' del nuevo milenio. |
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| por ARMANDO AñEL |
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Según Tony Blair, el terrorismo de masa es el nuevo demonio de nuestros días. El primer ministro británico ha reaccionado a la masacre de Manhattan haciendo un llamamiento a las democracias occidentales. "Debemos unirnos y erradicar a esta gente", dijo aludiendo no sólo a los responsables de los atentados, sino al terrorismo internacional en su conjunto. Luego de expresar sus condolencias al pueblo norteamericano, el político laborista condenó el "terror y la carnicería" desatadas el martes en Washington y Nueva York.
Horrorizado. Así se declaró Romano Prodi, presidente de la Comisión Europea, luego de conocer la serie de ataques que tuvieron como blanco a los EE.UU. El portavoz de la presidencia de turno de la UE declaró que el primer ministro belga, Guy Verhofstadt, y el jefe de la diplomacia de esa nación, Louis Michel, ambos en Ucrania, se encontraban "escandalizados, consternados e impresionados". El representante de la Política Exterior de esa organización continental, Javier Solana, también hizo pública su repulsa.
Ya en Bruselas la OTAN reunía su Consejo Permanente, presidido por George Robertson. La declaración final subrayó la urgencia de intensificar el combate contra el terrorismo. "En estas horas dramáticas los EE.UU. pueden contar con la ayuda y el apoyo de sus 18 aliados de América del Norte y Europa. La solidaridad de la OTAN es la esencia de nuestra alianza", agregaba.
Desde la ONU llegaba un mensaje más bien flemático: "En estos momentos, una mente fría y razonable es más necesaria que nunca", recomendó el secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan (trascendió que la organización que preside se apresta a abandonar "temporalmente" su misión en Afganistán). Pero tal vez el adjetivo "razonable" tenga ahora mismo, para los dirigentes de EE.UU., un significado pendiente de asignación.
En su discurso radiotelevisado a la nación estadounidense, el presidente George W. Bush informó que su Gobierno dará con el paradero de los responsables de la tragedia, y para ello "no hará distinción entre los perpetradores y los países que los albergan". Henry Kissinger, ex secretario de Estado, quizá fue más lejos cuando dijo, en el noticiero de CNN, que el ataque "es comparable a Pearl Harbor y debemos tener la misma respuesta. Sus perpetradores deben tener el mismo final que quienes atacaron a Pearl Harbor".
Falta saber si el llamado de Tony Blair encuentra suficiente eco en Occidente. Hastiado de la retórica al uso, el ciudadano común y corriente comienza a preguntarse si en realidad continúa viviendo en el mejor de los mundos posibles, si la relativa seguridad de que goza no es más que un espejismo. La democracia está siendo amenazada en sus cimientos por la reacción de una serie de gobiernos, dictadores y pandilleros que intentan poner ruedas arriba el carro de la modernidad. Los ataques a Nueva York y Washington no sólo implican una declaración de guerra al mundo civilizado, sino una demostración de que ante el terrorismo y sus cómplices —ya se trate de Estados o individuos aislados— no valen medias tintas.

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