Lunes, 03 septiembre 2001 Año II. Edición 183 IMAGENES PORTADA
Internacional
Diálogo transiberiano

El encuentro entre Vladimir Putin y Kim Jong-Il ha despertado el interés de los analistas y las suspicacias de Washington
por LUIS MANUEL GARCíA Parte 1 / 2

Tras ocho días y 9.500 kilómetros en un tren blindado de 17 vagones, con cristales ahumados, al que precedían dos locomotoras para evitar atentados, Kim Jong-Il, monarca norcoreano, llegó a Moscú. El vástago de Kim Il Sung, además del poder absoluto sobre su pueblo, tiene numerosas manías: terror a los aviones (razón que explica su ferrofilia), pánico a las infecciones (llevó a Rusia su propia agua de Corea y se lava las manos y cara continuamente con alcohol), colecciona películas, vino francés, amantes, y además de en tren, monta a caballo.

En Moscú
Firma de la Declaración de Moscú

Como en los mejores tiempos de la U.R.S.S., a su paso se bloquearon los andenes, se suspendieron trenes de cercanías, resucitaron viejos usos protocolarios y el secretismo que rodeó el itinerario dificultó la labor de la prensa. En Omsk, una de sus escasas paradas, Kim Jong-Il visitó una fábrica de tanques (que quizás prefiera, a juzgar por el crecimiento y modernización de sus fuerzas armadas en un país que se muere literalmente de hambre) y otra de embutidos (más perentoria para sus conciudadanos). En Omsk se cuenta que le cantaron el "Hurra Hurra, querido King Jong-Il, líder amado en todo el mundo". Le bastaría cerrar los ojos para sentirse de nuevo en los dorados tiempos en que Stalin y su padre eran íntimos. Para no descuidar ningún rito, Kim Jong-Il ha sido el primer mandatario extranjero, en la época post-soviética, que ha visitado a Lenin en su mausoleo de la Plaza Roja.

Más allá de lo anecdótico, entre Vladimir Putin y su homólogo norcoreano ha habido numerosas coincidencias: ratificar el Tratado Antimisiles de 1972 y rechazar el escudo nuclear proyectado por Bush, y que desataría una nueva carrera armamentista. Ambos expresan que el programa nuclear de Corea del Norte respetará la moratoria sobre las pruebas de misiles balísticos vigente hasta el 2003, programa que "tiene un carácter pacífico y no supone amenaza para ningún país que respete la soberanía de la República Popular Democrática de Corea", según el texto de la declaración conjunta –alegan "el derecho de cada Estado a disponer de una seguridad igual". Putin respalda en el acuerdo el diálogo entre las dos Coreas "sin injerencias externas", y acoge "con comprensión" la exigencia de Pyongyang a EEUU sobre la retirada de sus tropas de Corea del Sur, "con vistas a garantizar la paz y la estabilidad en la Península Coreana con medios no militares", en palabras de Kim Jong-Il. Al respecto, Putin se ofrece a "desempeñar un papel constructivo y responsable" en el diálogo entre las dos Coreas, cosa que reforzaría su mermada presencia en Oriente. Tanto Vladimir Putin como el líder coreano coincidieron también en reclamar un mayor papel de la ONU en los asuntos internacionales, y Rusia respalda las negociaciones entre Corea del Norte, Estados Unidos y Japón, así como el restablecimiento de sus relaciones con Europa.

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