Viernes, 03 agosto 2001 Año II. Edición 175 IMAGENES PORTADA
Internacional
Inercias de Washington

A los promotores de la política hacia Cuba les falta pragmatismo, verdadero sentido de la realpolitik, para comprender que la apertura es más eficaz que el cierre
por RAFAEL ROJAS Parte 2 / 2

Con la llegada de George W. Bush a la Casa Blanca parecen movilizarse las inercias de la Guerra Fría. La reacción mundial contra un unilateral escudo antimisiles y el rechazo norteamericano al Protocolo de Kyoto, las tensiones con Rusia y China y el impopular recibimiento que dieron a Bush las naciones de la Unión Europea marcan los primeros meses de la administración republicana con el sello de la vieja soberbia. América Latina parece ser la única región en la que la diplomacia de Bush propone un intercambio de ventajas comparativas. El Plan Colombia, a pesar de las muchas críticas que ha suscitado, y, sobre todo, la fluida colaboración con México en temas tan sensibles para ambos países como la emigración, el narcotráfico y la seguridad en la frontera, así lo dan a entender.

Cuba, sin embargo, es un pedazo de América Latina donde la política exterior norteamericana asume las inercias de la Guerra Fría y mantiene una lógica de confrontación que ya cumple 40 años. El paquete de medidas, anunciado por el presidente Bush a mediados de julio, aunque busca hacerle llevadera la anulación de los títulos III y IV de la Helms-Burton al exilio inflexible, implica una vuelta a la diplomacia dura de los 80 que hasta la nueva generación de la FNCA ya rechaza. Limitar los vuelos directos y los escasos contactos culturales entre ambos pueblos, obstruir las remesas y coaccionar al exilio moderado son disposiciones contraproducentes si lo que Washington desea es una transición pacífica a la democracia en Isla.

Se me podrá objetar que dicho endurecimiento es sólo retórico y que en la práctica Bush continuará la política de Clinton. Pero es que en relación con Cuba los efectos perversos de una diplomacia punitiva se manifiestan, ante todo, en el orden retórico, ya que el oxígeno del régimen castrista es la ideología. Lejos de persuadir a los reformistas del Gobierno, alentar a la disidencia y unificar a la emigración, las medidas anunciadas por la Casa Blanca ofrecerán nuevos pretextos a la Habana para mantener la clausura política, al tiempo que contribuirán a una mayor polarización del exilio y a un inevitable deslinde de la disidencia interna, la cual se esfuerza, con razón, por asumir el rol de un actor independiente de la Habana, de Miami y de Washington.

De aquella mezcla que, según Paz, es la política exterior de los Estados Unidos, a los cubanos nos toca la peor parte: "arrogancia, ceguera y terquedad". Tan sólo con un poco de "oportunismo", "volubilidad" y hasta "maquiavelismo a corto plazo" lograríamos de Washington una diplomacia más acorde con los tiempos post comunistas que, en verdad, facilite una transición a la democracia, conducida, pacíficamente, por cubanos de la Isla y el exilio.

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