Lunes, 03 septiembre 2001 Año II. Edición 183 IMAGENES PORTADA
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¡Ahora sí! (VII)

por RICARDO GONZáLEZ ALFONSO  

El Cacique, dado la escasez de carnes en Cubanacán, decidió desarrollar la genética y el pastoreo intensivo de iguanas.

En menos de lo que canta un sinsonte el Cabecilla de los Consejos de Ancianos y Suministros sabía más sobre el terna que todos los bebiques juntos. Los aborígenes quedaron boquiabiertos cuando explicó que esos animalejos se llamaban Ciclura Nubila Nubila Gray, y que eran de la familia de los Iguanidae.

Las órdenes eran precisas. Primero se dividieron los pedregales en cuartones cercados con bejuco ubí, de modo que las iguanas se comieran cuanto bicho hubiera dentro de esas barreras. Cuando no quedara ni una lagartija, pasarían a otro cuartón.

Pero la cosa no quedaba ahí. Aquella versión frustrada de dinosaurios devenidos en lagartos se cruzarían con los cocodrilos criollos, para obtener iguanas sin caparazón y con carnes más deliciosas. A los ejemplares obtenidos del primer cruzamiento se les llamarían C-1 (Cacique primero); a los nacidos de ese apareamiento artificial se les denominaría C-2, y así sucesivamente.

El Secretario General del Cacicazgo afirmó: "Dentro de unos cuantos soles seremos los primeros exportadores de iguana" (aplausos). "Tendremos diez veces más reptiles que las islas Galápagos y produciremos más carne que los apaches con sus búfalos" (ovación). Lo dijo con tanta convicción que hasta los taínos más escépticos le creyeron.

Pero una cosa piensa la iguana y otra el cocodrilo. Las primeras se comieron el bejuco ubí en cuanto se acabaron las lagartijas, y los segundos devoraron a las iguanas.

El Cacique estaba furioso por tanta indisciplina ecológica, y envió a un guanahatabey con un códice-decreto que obligaba a los Crocodylus Rhombifer Cuvier a convertirse en vegetarianos; pero como ningún cocodrilo se imaginó que ellos se llamaban así, pensaron que el cambio dietético se refería a otro animal, y se desayunaron al emisario.

Así las cosas, a la semana no había ni bejucos ni iguanas; desaparecieron 234 guanabatabeyes y los cocodrilos se fueron con su apetito a otra parte.

Las jicoteas temieron que dada las circunstancias las quisieran cruzar con los cangrejos, y por si acaso se fueron con rumbo norte, acompañadas por sus parientes las tortugas y los careyes. Empeoró la situación.

El mismo miedo sintieron las jutías y los almiquíes, los que se intrincaron tanto, pero tanto en el monte, que los científicos creen todavía que se tratan de especies en vía de extinción. Las aves, por su parte, recordaron súbitamente su vocación migratoria. Como se sabe, a falta de carne, escasez de casabe.

Para que nadie pensara que aquel plan científico había fracasado, el Máximo Cacique instituyó la Orden Iguana de primer grado. Exoneró de toda responsabilidad a los cocodrilos autóctonos y por ende patriotas, y responsabilizó a los caimanes americanos, los que procedentes de los Everglades de la Florida –aseguró– se introdujeron clandestinamente en Cubanacán enviados por la Central de Inteligencia Apache (CIA).

Lo más bonito del caso es que cuando nadie tenía fuerzas ni para aplaudir, el Cacique sorprendió a todos con estas palabras: "¡Cubanacanenses, ahora sí vamos a desarrollar el Cacicazgo!".


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