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Huracán (VI)

por RICARDO GONZáLEZ ALFONSO  

La cosa no estaba mala, sino peor. Cuando no se caía una barbacoa por falta de bejucos, las tripas sonaban más que mil guamos pidiendo un trozo de casabe. Por eso el Máximo Cacique sonrió al contemplar aquel nubarrón en el horizonte y descubrir, en el silbido del viento, un aviso de alarma ciclónica.

El Instituto de Meteorología de Las Antillas informó que el huracán había arrasado con medio Borinquén. Que las lluvias habían inundado Quisqueya. Que el meteoro ya tenía ráfagas de mil pies por latido... y que se aproximaba a Cubanacán.

El Cacique parecía un siboneycito con taparrabito nuevo. Con un gajo dibujó sobre la arena un croquis. "Por aquí vendrán los aguaceros. Por acá llegarán los vendavales más fuertes, pero los que soplen desde allá no tendrán importancia". Los vaticinios se cumplieron. Al revés.

El nativo responsable del Bohío de Pronósticos lo sabía, pero asentía constantemente con la cabeza, pues no quería perderla. Resultó inútil: de tanto sí se le partió el cuello, y su testa emplumada rodó por la playa sin que nadie se diera cuenta, pues en aquel instante el Cacique expresó enfáticamente: "¡Tribu de Cubanacán, no hay nada que temer: convertiremos el ciclón en victoria!"

Las primeras rachas se llevaron los bajareques; las segundas, las barbacoas; las terceras, los bohíos. El huracán era de anjá; por lo menos de categoría 6 en la escala Guamá-Simpson. Sin embargo, el Caney Central y el de Protocolo resistieron de lo mejor aquellos ventarrones. Sus techos estaban construidos con guano de fiberglass, y sus paredes con yaguas sintéticas. Y en cuanto a la hostelería Meliá de Triana, ni hablar.

Los behiques por cuenta propia hicieron al principio la zafra vendiendo casabe "de afuera" por la jaba negra; pero la cólera de los vientos hizo que las tortas de yuca volaran como platillos.

Ante la sonoridad de aquellos vientos de espanto y de un diluvio que dejaba chiquito al de Noé, el Máximo Cacique sonreía. Algunos taínos murmuraron: "más sabe Mabuya por viejo que por Mabuya."

Un behique del Buró Paleolítico se atrevió a contradecir al Cabecilla de los Consejos de Ancianos y Suministros: "Cacique en Jefe, dentro de un cuarto de luna aquí no quedará conuco en pie; y si ahora la cosa está más fea que una vieja guanahatabeya encuera, pasada luna y media no habrá Semí con cabeza. Yo propongo..." No llegó a proponer nada, nunca se supo a dónde fue a parar. Para algunos se lo llevó la ventolera; para otros, la mirada del Cacique.

La tribu se alegró al ver que el huracán se iba con su areito mabuyesco a otra parte. Entonces, el Secretario General del Cacicazgo (otra responsabilidad del Cacique), recorrió aquel territorio donde no quedó un grano de maíz ni un vara en tierra sobre la tierra. Con expresión compungida repartió discursos diestros y siniestros. Aseguró que no sólo se reconstruiría la aldea, sino que sería cien veces más grande, y sentenció: "Esta turbonada imperialista sólo merece un nombre: ¡Apache!"

Todo le salió al Cacique a pedir de boca. Como antes, nadie tenía donde amarrar la hamaca, y continuaban con seis brazas de hambre. Pero ahora la tribu estaba convencida de que el huracán había sido enviado por los apaches para impedir la marcha victoriosa de Cubanacán.


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