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por JORGE CARRIGAN Parte 1 / 2

No tendría ningún problema en revelar la identidad del protagonista de la siguiente historia si se hubiera tratado sólo de un escritor, novelista para ser más exactos, y muy buen amigo mío. Que no mencione su nombre se debe a la fe que profesaba. Y no se trata de que su actitud cristiana fuera única e irrepetible, ni que mereciera más respeto del que podría merecer cualquier otro devoto, lo que ocurre es que no fueron sus debilidades –sino las circunstancias que le tocaron vivir dada su triple condición de cristiano, novelista y cubano; y la particularidad de ser esas tres cosas en La Habana de 1992– las que provocaron el terrible conflicto que narraré a continuación. Tal vez, si lo anterior no fuera suficiente para provocar la compasión de los lectores, diré que las circunstancias en que se vio involucrado este amigo le hicieron caer en una profunda crisis ética. Por tanto, si de salvar éticas se trata, concluyamos con que si la suya estuvo en tan grave peligro en aquella ocasión, pondré a salvo la mía ocultando su nombre.

Veamos qué he dicho ya. Que se trataba de un escritor –cubano, por supuesto– y además, que se puede inferir que en ese momento se encontraba escribiendo una novela, la cual, sin adulonerías o sobrevaloraciones, opino que podría trascender en algún momento para ocupar una plaza entre las obras más importantes escritas en el fin del siglo XX cubano.

Ahora les propongo un acertijo: ¿quién puede adivinar la razón por la cual tuvo que interrumpir su trabajo mi amigo el novelista? El que haya respondido que por falta de papel para seguir escribiendo habrá acertado. Porque no sé si alguien en el mundo sabrá que conseguir un millar de hojas de papel en Cuba, en 1992, era una tarea poco menos que imposible. De manera que mi amigo salió a la calle, desesperado y pidió... y encontró negativas, y supo que su propia carencia rondaba por todas partes. Pero resulta que al fin alguien, un amigo común, le indicó una solución. Debía ir a una imprenta de la Habana Vieja y allí contactar a un impresor, de nombre sonoro, con la seguridad de que en el pasado otros escritores habían resuelto problemas similares negociando con el mismo individuo.

La sugerencia era entrar en el mercado negro de papel y la ética de mi amigo sufrió el primer espasmo. Sin embargo, haciendo un esfuerzo e imaginando que iba a una tienda convencional a adquirir el papel necesario, el novelista consiguió acallar la voz interior que lo acusaba de contrabandista.

Fue, pues, a la imprenta, e hizo contacto con el vendedor. Sé que no es fácil, pero traten de imaginar la cara de mi amigo a la hora de decir: "Necesito, por lo menos, dos millares de papel. La calidad no importa, me las puedo arreglar con cualquiera". El impresor del nombre sonoro, que era un mulato campechano y sonriente respondió: "No hay problemas. Todo el que quieras y además, de óptima calidad". Ahora imaginen la expresión del pobre cristiano al preguntar: "¿Y cuánto cuesta cada millar?" El mulato retiró la sonrisa y dijo gravemente: "Ni hablar de eso. A nosotros no nos interesa el dinero..." "Eso se llama altruismo... filantropía... gracias, Dios mío..." pensó mi amigo, feliz, antes de que el impresor agregara: "tal vez podrías conseguirnos algunas revistas extranjeras. Es decir, revistas pornográficas". No voy a pedirles que se imaginen la expresión de desconcierto del novelista. Si para él era impensable tener en su biblioteca una sola, más impensable aún era salir a buscar un par de esas revistas, cuya circulación era ilegal en Cuba, para realizar el canje con el impresor. No me voy a detener demasiado en describir lo absurdo de la situación. Un escritor, honesto y cristiano, convertido en contrabandista de literatura pornográfica. Sólo diré que la supervivencia artística de este hombre dependía de que fuera capaz de dar el paso, y debía decidirlo ya, de manera que dijo: "Está bien. Prepárame tres millares que voy a buscarles eso". Y no se atrevió, por supuesto, a llamar a "eso" por su nombre.

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